ellos tambien muerenAyer por la noche tuvimos un momento de soledad. Casi cada noche la tenemos, es verdad, aunque el tiempo depende siempre de la hora a la que Lúa se duerma. Normalmente, cuando se duerme aprovechamos para, cada uno en su mundo pero en la misma habitación, abrir su ordenador o su libro y ponernos a trabajar, o a leer. Algunos días estoy tan cansada que, directamente, me duermo con ella, y entonces este momento de compartir pasiones en silencio pero en común, desaparece.

Y ayer hicimos algo que ya es muy infrecuente… Dejarlo todo, todo, y estirarnos juntos en el sofá. No cogimos libros ni pusimos música. Nada. Solamente nos estiramos en el sofá y nos pusimos a hablar. Me decía que tenía ganas de charlar, de estar bien cerquita y no hacer nada. De simplemente estar. Eso que hacíamos hace tiempo, de forma regular, y que nos nutría y alimentaba, eso que ahora no tenía apenas cabida.

– “Quédate aquí, charlemos, no hagamos nada más.”

Y recordamos como la conversación entre los dos podía ser sanadora, reveladora, transformadora. Sí, yo ya casi me había olvidado. Él también.

Entonces nuestras palabras empezaron a hilar un tejido de colores muy densos en el que las palabras fueron sinceras de verdad.

Él me dijo: “Hace dos años morí”.

Y yo: “Morimos el mismo día, en ese mismo instante en el que Lúa nació. Morimos juntos ahí.”

– “Siento que estoy fragmentado en mil pedazos, que no soy el mismo que era antes y que no tiene sentido alguno desear hacer las mismas cosas y de la misma forma que antes. Veo que desear que sea así es una mera ilusión.”

Me emocioné aunque creo que no se me notó. Sentí una tímida alegría dentro porque vi que esta crisis puérpera que yo atravesaba también le había atravesado a él (entendiendo las crisis siempre como oportunidades para florecer), y que en lugar de quedarse en ella y ver únicamente la sombra, su corazón ya le había llevado a comprender. Su discurso era el mismo que el de una mujer, que el de la mamá. Así lo sentía él. Y entonces recordé que una alumna, en un curso de esta Casa, hace pocos días preguntó acerca de la evidencia científica sobre los posibles cambios hormonales que les sucedían a ellos, al ser padres. Teniendo en cuenta que no solamente existía un puerperio en femenino. Y yo le respondí que lo desconocía, pero que estaba segura de que estos cambios sucedían.

– Le dije: “La maternidad es justo esto: Dejarnos morir para renacer, coger cada uno de estos pedazos esparcidos de ti misma y poder partirte, esta vez creándote la vida que deseas, esta vez mirando a fondo la sombra, lo que eres, conociéndote de nuevo más que nunca, y seguir adelante con más consciencia, andar más que nunca hacia el sentido real de la vida. Lo que para ti es. Y para los hombres es también. Pero de ello se habla aún menos. Gracias por ser reflejo de ello y mostrármelo.”

Y es que ellos también mueren. Y quizá viven un duelo aún más negado que el nuestro, puesto que nadie habla de ello.

En esta sociedad en la que los roles masculinos y femeninos están tan perdidos, en la que no recordamos qué son los ritos de paso y vivimos los momentos de más claridad mental, emocional y espiritual, los momentos trascendentes, sagrados, totalmente desconectados, en esta sociedad se hace necesario poder resacralizar los procesos vitales, se hace necesario ritualizarlos, vivirlos conscientemente para que después no nos ataque esa sombra, para que después ese papá o esa mamá no sientan que esa gran tristeza interior, o ese sentirse “fuera de lugar” les sucede porque tienen “una tara” adentro, sino porque no vivieron despiertos el proceso de morirse y darse a la vida de nuevo.

Porque para que este hombre del que os hablo llegara a la conclusión de que murió, de que la ilusión de desear ser el de antes le dolía, de que era hora de dejar de resistirse al “nuevo yo”, había tenido que atravesar mucho dolor.

 

Ellos también mueren
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