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Todo esto que veo soy yo. Lo que puedo ver. Lo que veo. Que puede no ser lo mismo que lo que otro ve.

¿Por qué me ofendes tanto? ¿Por qué me enfado tanto cuando te oigo hablar de eso o de lo otro? ¿Por qué me llevas hasta la parte más oscura de mí y me revuelves las entrañas? ¿Y por qué no soy siempre capaz de ver que esto que me ofende de ti, que esto que me enfada tanto de ti, que esto que se me lleva hasta mi propio infierno, soy yo y no tú? ¿Por qué hago tuyas mis sombras, mis desvaríos? ¿Y por qué te culpo? ¿Por qué? ¡Si eres mi medicina! ¡Si gracias a tu reflejo puedo conocer lo que no sabía de mí! ¡Lo que no querría saber de ninguna de las maneras!

¿Y por qué tuve que descubrir por mí misma que todo eso que creía saber de ti no era más que un reflejo de lo que soy? Una vocecita me dice: “Porque las enseñanzas de la vida y de la muerte tienen que venir de adentro para poder asentarse”. Y quizá sí. Porque de la misma manera que nadie pudo nacer por mí, menstruar por mí, parir por mí, sentir dolor por mí, o placer, tampoco nadie podía venir con el “pan del conocimiento” bajo el brazo a traerme esta nueva luz. Ahora lo entiendo.

¿Y por qué sigues creyendo que esto que ves en mí, en él, en ella, es algo que está fuera de ti? ¿Por qué crees que si lo ves y reconoces es porque es desconocido para ti ? ¿Acaso reconocerías un animal que nunca has visto antes? ¿Y dirías, por ejemplo: “Sí, claro es un …., vive en…. y se alimenta de…. “? ¿O quizá lo mirarías tratando de identificarlo pero, al no conseguirlo, seguirías observando sorprendida?

Me refiero a que si sabes que en la Luna hay flores es porque antes has estado allí.

Por tanto, ¿por qué culpas al otro? ¿Y de qué? ¿Ves odio en sus actos? Si lo reconoces y te arde dentro es porque también está ahí, ¿no? Me refiero a dentro de ti. ¿O eres capaz de saber a qué sabe un plato que nunca has degustado con solo mirarlo, sin antes haberlo ni siquiera olido?

¿Y qué me dices de la belleza? ¿Te has maravillado alguna vez con algo? ¿Reconoces la emoción subiendo por tu barriga y anidando en el estómago? ¿Y desde allí esa energía subiendo hacia tus ojos y haciéndose lágrimas necesarias? ¿Ese temblor de piernas? ¿Ese corazón acelerado? Estoy segura de que sí. Un libro, una ciudad, un bosque, un ser humano, una conversación… Lo que sea. Por esto la belleza sana el alma. Por esto es pura medicina. Porque viéndola y sintiéndola nos acercamos, aunque de forma inconsciente, a nuestra propia maravilla interior, a la divinidad. Porque alguna célula en mí sabe que si soy capaz de emocionarme por este paisaje tan bello es porque esta misma belleza está también en mí. Y, haciéndolo, me fundo con todo. Me hago una con todo. Ahora yo soy este paisaje. Ahora esta belleza está también en mí. Siempre ha estado. El problema era no recordarlo.

La separación es una mera ilusión. Y desde ahí, desde la frontera, alzaremos las lanzas y vendrán con los tanques. Nos creeremos pequeños y mortales. Creeremos que por defender lo que pensamos que somos, lo que nos pertenece, quizá nuestra dignidad, vale la pena morir. Desde la separación se seguirán tirando bombas en hospitales pediátricos de países lejanos (la distancia como ilusión, de nuevo), pues los hijos de los demás no son los míos propios. Desde la separación seguiremos creyendo que lo que el otro es no lo soy yo, que yo “quizá” sea algo mejor.

Por todo esto cada vez creo menos en banderas e himnos, y más en cuentos de hadas y duendes. Por esto cada vez que alguien enjuicia, incluso cuando ese alguien soy yo, cierro los ojos y me (nos) pido perdón.

Por esto me perdono de una puta vez, por todo eso que haya podido hacer o decir, o no hacer o no decir, desde que mis pies pisan esta Sagrada Tierra. Y por esto perdono a las mujeres de las que provengo (si no las perdono a ellas no me puedo perdonar a mí), por todo eso que hayan podido hacer o decir, o no hacer o no decir, desde que sus pies pisaron esta Sagrada Tierra, hasta que se fundieron en la sabiduría de la no-separación, y se convirtieron en alimento para las flores y las mariposas. Y todo ello con el mérito añadido de, como todos los que terminan la rueda, saberse inmortales.

Me perdono porque ayer leí una poesía preciosa, una que me emocionó, y en mis lágrimas por la belleza de los versos me recordé.

Grito de dolor y amor
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