13095745_493914004149147_8881416991859385828_nArte de Charles Rennie

Hace ya un par de años conocí a una mujer mágica. Me escribía un email y me explicaba que estaba cerca de dar a luz, y que en esta Casa había encontrado inspiración, consuelo, tribu. En ese momento yo trabajaba en la universidad, y desde allí la leí, entre libros y columnas, rodeada de demasiado protocolo para mi naturaleza esquiva y algo anárquica. La leí y me emocioné. Nos conoceríamos tiempo más tarde, un día y medio antes de ponerme de parto.

Qué lugar y qué momento pueden ser más bellos, me dijo, para conocernos, que a las puertas del nacimiento de tu cría. Y era verdad.

Vino a mi casa un viernes por la mañana, acompañada de su hija, que ya andaba y se entretenía jugando entre nuestras faldas. También estuvo mi madre. No podía faltar. Y le cantamos a mi pequeña aún dentro de la cueva húmeda del útero, y le construimos una melodía cuyas palabras fluyeron como el agua que horas después correría por mis piernas anunciando el momento más potente de mi vida, hasta el momento. En este post te conté, en su día, todo esto con más detalle.

El hecho es que el otro día, cuando yo hacía ya, a la par, varias jornadas que pensaba en ella (gracias, brujita interior que, como siempre, ahí estás, sintonizando lo de dentro con lo de afuera) me escribió. ¿Cómo estáis, Laia y Lúa, bella familia del alma? Os pienso, os siento, os abrazo. Siempre tan bella. Estamos bien, bueno, yo siento que estoy viviendo el proceso más oscuro y la crisis vital más fuerte que nunca en la vida. Siento que ahora estoy viviendo el puerperio de la sombra, del que tanto leí y del que tanto he hablado. Ahora. Me he dejado morir y ahora voy viendo quién soy. Antes de la maternidad era, ahora estoy sintiéndome para permitirme ver. Ver quién soy ahora. Quién es esta mujer nueva que ha nacido desde ese parto. Quizá sean unos tiempos algo duros. Te abrazo fuerte, hermana. Te siento. Te echo de menos.

Y, ¿con qué me respondió? Con su Don. Ella, que se dejó morir también, muchas veces, y que renació y floreció preparada para ofrecer al mundo, a las mujeres, lo que lleva dentro, la capacidad de sanar con su canto, con su voz. Melodía que sube desde la tierra, o que baja desde el cielo, o que es llevada por el aire, por las olas, por cada respiro que deja ir el fuego. Melodía custodiada por los elementos y por su linaje de mujeres, que invisible, siempre le acompaña. Yo lo experimenté ese día, a las puertas del nacimiento, cantamos y Lúa se colocó, preparadita para salir. Yo la noté, y me mareé. Seguí cantando. Seguimos. Fue catártico.

Lo descargué. Lo escuché. Lloré. De nuevo nuestros nombres unidos, enlazados, esta vez ella ya fuera del útero y yo, aún pariéndome a mí misma después de todo aquello, aún renaciendo. Esta vez sus cantos precedían mi propio parto, el de mí misma.

(Voz de Anibassia Vals)

Gracias, hermana. Con tu voz sanas. Eres Chamana, mujer sanadora, sabia. Acompañante de los procesos vitales. Hada.

Curiosamente, y ya sabes que no creo en las casualidades, esa tarde teníamos una charla del ciclo “Maternidad Sagrada”, con Mardía Herrero, otra mujer sabia, guía donde las haya y, creo que utilizo esta palabra DE VERDAD por vez primera: la que siento como mi Maestra. Y tratábamos el tema del “Nombre”. Mardía nos explicó la importancia de escoger un buen nombre y lo que dice la sabiduría asociada al hacerlo correctamente, escuchando y sintiendo, o incorrectamente, es decir, desde la inconsciencia. Fue potente. Reflexionamos arduo acerca de nuestros propios nombres (quién nos lo puso, por qué, qué significa, qué tiene de real en nosotras, si nos sentimos bien llevándolo, si se repite en la familia…). Y una de las alumnas compartió, a raíz de todo ello, una tradición africana bellísima en la que, a las mujeres antes de dar a luz se les canta una canción, una melodía desde el alma y el corazón, pues la tribu ha sintonizado con ella y con esa almita que llega. Y esa canción se la cantan de nuevo al ser que ha nacido, y se convierte en su canción. Una canción para cada ser. Diferente de cualquier otra, porque ese ser es diferente de cualquier otro. Una canción para cantar en sus buenos momentos y para cantarle en sus malos momentos. Para recordar también entonces, su esencia, de la que viene, lo que es. Para reconectar, parirse de nuevo con placer. Y sonreí. Pues es lo que estaba viviendo yo, lo mismo, con la melodía que por la mañana, mi amiga que sana con su canto, me envió. Entonces pensé que sería bellísimo que todas las personas de este mundo tuvieran su propio canto, una melodía que les abriera el corazón y les arrelara a la tierra, y que ningún bebé que nace se quedara sin él.  Como dijo Mardía durante la clase con el nombre se puede hacer terapia, se puede sanar.

Y eso hice.

La mujer que sana con su canto

5 thoughts on “La mujer que sana con su canto

  • 20 de febrero de 2017 a las 20:49
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    me encanta todo lo que escribes, me llena de palabras bonitas. Gracias

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    • 21 de febrero de 2017 a las 14:31
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      Gracias Belén, por leerme y por tomarte un momento en comentar. Me alienta a seguir escribiendo saber que hay mujeres que se pueden nutrir de lo que vamos hilando desde aquí… Un abrazo!

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    • 21 de febrero de 2017 a las 14:32
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      Gracias, Andrea, como siempre. Tú siempre aquí, presente, acompañando y sosteniendo desde la distancia. Gracias hermana querida.

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  • 21 de febrero de 2017 a las 17:46
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    Estuve en ese momento mágico y lo recordaré toda la vida. Tu barriguita se movió , bajó tu vientre inmenso y tu rostro cambió. Pocas horas después nació nuestra lúa. Hicimos magia, fue extraordinario.

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