IMGP0070Dos días antes de ponerme de parto vinieron a casa tres mujeres especiales. Una, mi madre, que viviendo en la distancia venía a visitarme para ver cómo me encontraba, ahora que estaba de 38+8 y yo sentía que a mi barriga le quedaba muy poco; la otra, Pilar, una alma sabia y llena de conocimiento ancestral que había sentido la llamada de acompañarme en el último rito de paso previo al parto; y, por último, Nut, su bella cachorrita, que aportó su inocente y alegre magia a lo que iba a suceder.

En esos días previos al nacimiento se me habían hinchado los pies y las piernas y yo, que soy friolera, los mantenía en agua fría (algo impensable para mí en cualquier otra primavera). Ya no podía vestirme con facilidad, ni ducharme, ni moverme… Me sentía pesadísima. Además, ya hacía una semana, aproximadamente, que sentía dolores en el bajo vientre, una especie de calambres algunas veces bastante fuertes, que me recordaban que la naturaleza estaba haciendo su bello trabajo cara el parto.

Cociné algo muy sencillo, una ensalada de pasta y también patatas aliñadas, esto último una receta muy fácil y rica que aprendí hacía tiempo de mi compañero, ya que es típica de su tierra. Y preparé la mesa de la terraza. Hacía un sol precioso y el tiempo acompañaba. De esta manera, las cuatro mujeres que éramos compartimos ideas, experiencias y opiniones de la vida, de la historia personal de cada una, que no deja de ser la de todas.

Y después de comer fue cuando Pilar dijo, con su melódica voz: “¿Empezamos?”. Y sí, ¡claro que sí! Dispusimos las sillas en redondo al lado de la mesa, cogimos la guitarra de Adrián, los móviles para grabar, una libreta y un lápiz para escribir la letra de la canción que le cantaríamos a la pequeña Lúa, y empezamos.

No teníamos un plan determinado, solamente nos dejamos llevar, Pilar y Nut habían traído pinturas para la piel, así que sabíamos que el rito consistiría en pintarnos y cantar.

Yo, si algo tenía claro, era que le quería transmitir a mi pequeña seguridad y confianza para que se decidiera a salir antes de la semana 40, cuando me recomendaban ir a hacer monitores al hospital (donde no deseaba estar). Cantarle, hablarle, hacerle vibrar de amor.

Pilar y yoMi madre y Pilar pintaron mi barriga, conectaron con los símbolos de vida y fuerza que tenían en su interior y plasmaron sus energías en mi pequeña y en mí. Fue bello.

Después, creamos la canción que cantaríamos durante un buen rato y que me haría reír, casi llorar y vibrar toda. Tanto, que sentí como me empezaba a marear. Y allí lo supe. Supe que algo se había movido. Que esa vibración de amor y fuerza ancestrales llegó hasta lo más hondo de las dos, y que ella no tardaría en salir. No importaba del todo la letra en sí, sino más bien el tono y el vibrar de cada sonido dentro de una.

Decía así:

“Lúa, Lúa,
Lúa, Lúa,
Tu madre te espera,
La abuela te espera,
Papá trabajando,
¡Ya pronto está aquí!

Lúa, Lúa,
Lúa, Lúa,
hay un universo
lleno de estrellas
esperando a verte nacer.”

La mujer que sostiene abiertas las puertas a la sabiduría de mis ancestras, mi madre, lloró cantándola, y yo pude sentir en mí, la magia de la vida. Y sí, Lúa nos escuchó, y confió. Era jueves y el día siguiente estuve con contracciones irregulares durante toda la jornada. Aun así, por la noche le pedí a mi compañero salir, lo necesitaba, y fuimos al cumpleaños de un amigo suyo, en su piso. Sobre las 21h eran más intensas y le dije: “Adrián, vámonos ya, que voy a parir aquí”. Esa noche no dormí mucho, pues las contracciones empezaban a ser dolorosas y, a las 8 de la mañana, llamamos a Imma, nuestra comadrona, que llegaría a casa unos diez minutos después (¡qué bueno ser vecinas!). Lúa nacería a las 15,55h, de este mismo día, en el sofá de casa.

Os hablaré, en otro post, del parto, porque hasta ahora no he podido (y no sé si hoy sería capaz) ponerle palabras a un acto tan salvaje. Solamente me gustaría compartir con vosotras que las mantas en las que nos envolvimos Lúa y yo, en el momento de su llegada, fueron unas que mi abuela guardaba, y que eran de su tatarabuela o de la madre de ésta. Unas mantas en las que las mujeres de mi linaje se habían envuelto, alguna vez en su vida. ¡Qué sensación, cuando nuestra comadrona cogió una de ellas para envolvernos, amorosamente! Cuando miro las fotos pienso: “¿Seré yo la única mujer de mi linaje que ha parido en ellas?”

Parto

Lúa, Lúa
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3 thoughts on “Lúa, Lúa

  • 27 de diciembre de 2015 a las 11:46
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    Me encantó tu relato, transmite mucha fuerza vital e instinto salvaje. Yo también soy medio brujita como tú y comparto tu sentir aunque yo parí a lo tradicional en el hospital, hace ya 13 años. Te felicito por tu valentía y seguridad de parir en casa. Un gran abrazo y felices fiestas junto a tu familia.

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