madre-casa-de-luna

“Este mundo es inhóspito porque han matado a la madre y todos y todas somos huérfanxs, y por eso no nos podemos reconocer como hermanxs.”
Casilda Rodrigáñez.

Y es por eso que me gusta dirigirme a ti y llamarte hermana. Porque a muchas de nosotras nos parecerá raro, quizá incluso digno de desconfianza, que una desconocida escriba en su blog para dirigirse a las mujeres del mundo, a los seres que se sienten mujer (tengan útero o no), y las llame hermanas.
Porque a muchas de nosotras nos parecerá raro, quizá incluso digno de ser discutido con una tercera persona, que alguien haya escrito que la culpa de no sentirnos hermanadas es el asesinato de la madre (¿madre? ¿qué madre?).

Y digo más. Y es que cada vez que una mujer muere asesinada, en manos de alguien que inconscientemente está perpetuando las bases del sistema patriarcal y capitalista, sigue matando a la madre. Sigue manteniendo vivo este mundo inhóspito en el que suena raro sentirnos hermanas, pero normal rivales. ¿Y es posible que en un mundo en el que nos sintiéramos hermanadxs hubiera menos sucesos de este tipo?

Ya lo dice la Dra. Christiane Northrup, que el hecho de que en una casa los hijxs siempre estén dando vueltas alrededor de la madre no es casualidad, y que una familia que tiene una madre sana es una unidad potencialmente sana.

Y yo nos siento, en general, como pollos sin cabeza dando tumbos, sin saber hacia donde dirigirnos. Nos mataron a la madre. A la de todos. Y, cuando pasaron muchos años, ya dejamos de reconocernos como hermanxs. Ya dejamos de sentir la unión. Dejamos de movernos desde nuestra fuente de poder ancestral, para movernos desde lo que nos dijeron que era imprescindible manejar: la mente.

Y nos volvimos tan racionales, tan matemáticos, binarios, cuadriculados, que dejamos de ver lo que esconcen las puestas de sol o los cambios de luna. Que dejamos de creer en lo que no era la materia: lo palpable, medible, cuantificable. Temimos tanto nuestro propio cuerpo que llegamos a sentir asco de nosotras mismas, llegamos a contarles a nuestras hijas historias de terror sobre los procesos naturales de sangre y oscuridad, y llegamos a aconsejarnos entre nosotras dejar nuestros partos en manos de profesionales que intervenían e instrumentalizaban sin rigor alguno.

Y es que nos mataron a la madre, y nos quemaron a las abuelas que la recordaban, por si acaso. Y en nuestra necesidad de sentirnos amadas, hicimos lo que se nos pidió. Y nos pusimos los pantalones y nos fuimos a trabajar, dejamos a nuestros hijxs en las guarderías, escondimos los pechos que nutrían y enseñamos los que erotizaban al masculino porque la aceptación es fundamental para poder sobrevivir en un entorno hostil. Y llegó un día en el que lo normal era sacarte los pechos para seducir, pero no para alimentar a tu cría. Y llegó un día en el que decidir quedarte en casa para criar/crear desde el amor, a tu manada, era ser una mujer de las de antes, era ser una anti-feminista, era sufrir.

La madre no nos guiaba porque la habían enterrado de verdad.

Y es que nos dejaron huérfanos porque sabían que con la consciencia de la unidad, de la hermandad, de la divinidad en cada unx, esta sociedad no se podría sustentar.

Y aunque pensaban que esta sería la única forma de erradicar, se equivocaron. O simplemente no podían hacer más. Porque la naturaleza nos brinda momentos lúcidos, espacios de consciencia mensual, y gracias a las mujeres que pararon, no temieron a la oscuridad y escucharon, gracias a las madres que parieron y leyeron a través del placer o del dolor, gracias a las que vivieron su ausencia de sangre con consciencia, gracias a las que reempezaron a disfrutar el placer del sexo, gracias a todas ellas, hoy reescribimos la historia femenina robada y los cantos de nuestras abuelas.

Y esta vez, hermanas, esta vez la escribimos a prueba de fuego y de sal.

Nos mataron a la madre
Etiquetado en:    

Un pensamiento en “Nos mataron a la madre

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *