«Brilla en el aire el verano
olor de rosas en mano
y estoy en el jardín
roja amapola y claro grano
las espuelas de azul lejano
(…)
Me alegro de existir.»
Poesía Waldorf.

La mesa de estación es un recurso precioso para acompañar a los niños y niñas en la comprensión de la rueda del tiempo, en la ciclicidad del año. De origen Waldorf, esta mesa es un rincón del hogar escogido y embellecido para mostrar lo de afuera, y para que integren esa sabiduría bien adentro.

Y como lo de afuera es adentro y viceversa, como lo que sucede en los ciclos naturales marca nuestro reloj interior, comprenderlo no es solamente integrar los cambios desde la razón sino también a niveles más profundos.

Si la naturaleza despertó en la primavera, ahora está en la cúspide, en la máxima plenitud. Y así nos sentimos nosotros también, como seres que forman parte de esta naturaleza, en esta estación: nuestras energías están ahora más enfocadas hacia el exterior que hacia en interior, pues entramos en la segunda de las estaciones que conforman la mitad luminosa del año.

Antes de replegarnos hacia dentro, en otoño, alcanzamos la redondez propia de la luna llena, del sol, de la Madre. Y desde ese lugar nos sentimos más sociables, más expansivos, más enérgicos, más luminosos. Es el verano dentro de cada uno.

La mesa de estación de cada hogar tiene que mostrar estas energías. El niño que se acerca y mira tiene que emocionarse ante la belleza del material, de los colores y de las imágenes que hemos dispuesto para que, desde esa emoción, integre. El aprendizaje real, el significativo, es el que toca alguna fibra interior. La belleza es la clave del acompañamiento en la Crianza Cíclica.

No hace falta decir mucho más ante una flor abierta en verano y un abejorro dispuesta en ella. No hace falta decir mucho más ante un renacuajo dentro del río. No hace falta decir nada más ante el olor que queda tras una tormenta de verano.

La mesa de estación contiene la emoción que se despliega en cada uno de estos momentos mágicos estacionales, y tiene que ser acompañada con salidas diarias a la naturaleza, al exterior, con cuentos que contienen las semillas de la sabiduría de la estación, con imágenes propias del verano y con alguna poesía o rima a la que recurrir a diario para generar la magia, pues la poesía es música y el interior de un niño es rítmico, como los ciclos de los que forma parte.

En la mesa de estación de verano las telas de los colores serán amarillas por el sol, azules por las aguas que nos invitan a bañarnos y rosáceas por las flores. Habrá flores y abejas, mariposas y algún hada. Habrá mucha vida, habrá alegría.

Los cuentos ilustrados de cartoné son ideales para la mesa de estación, pues su tamaño y la dureza de sus páginas permiten ponerlos de pie e ir cambiando las páginas a medida que avanzan las semanas. Los que yo pongo son «Verano», de Gerda Muller  (lo tenéis en la imagen de arriba),  «Pipa y Pele de excursión» y «Pipa y Pele en el huerto». Estos cuentos muestran paisajes propios de la estación y escenas del día a día, así se convierten en aprendizaje puro para los más pequeños, además de ser dos obras de arte preciosas (también para los adultos que acompañamos). Estos cuentos están dentro de la Caja de Verano 1, que hemos lanzado con la editorial ING hasta el 20 de junio, o fin de existencias, y que puedes encontrar aquí.

A lo largo de la estación variamos los cuentos de cartoné (no pongo más de un par, a la vez), así como vamos añadiendo objetos que encontramos en nuestras salidas a la naturaleza. La mesa de estación tiene que estar viva y reflejar nuestras experiencias y aprendizajes. Aquí reside la magia de este recurso, que cada mesa de estación es distinta, como cada familia y cada vivencia lo es.

¡Te animo a crear esta semana la mesa de estación de verano, y a compartirla en Instagram etiquetándome (@casadeluna_) para que pueda verla!

 

Crianza Cíclica: La mesa de estación de verano

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