Las visualizaciones son herramientas muy poderosas no solamente para los adultos, sino también para nuestros pequeños. Utilizarlas en momentos especialmente íntimos como son el ratito previo a irnos a dormir o en episodios emocionalmente intensos armoniza, conecta y abre una puerta valiosísima y antiquísima hacia la sabiduría interior.

Después, de adultas, abrirla es mucho más complejo, encontrar la llave, quitarle el polvo, encontrar la manera… Pero cuando somos niños es fácil, es sencillo, de hecho diría que no necesitan ni llave, pues su puerta está entreabierta esperándoles. Atravesarla y encontrarse con su propio imaginario, que es parte del colectivo, ver las riquezas y las pobrezas, verlo todo aunque no todo lo entiendan, y no dejar que esta puerta acumule polvo, ser asiduos en atravesarla, convierte a estos pequeños en adultos que no necesitarán hacer grandes esfuerzos para seguir su intuición o escuchar su propia voz interior… Pues habrán estado hablando con ella desde el principio. Desde siempre. Acompañarles con respeto, mimo, lentitud y amor en este proceso es nuestra responsabilidad.

La visualización que os comparto forma parte del temario de octubre del curso “Crianza Cíclica Otoño”:

“Cierra los ojos. Puedes colocar una manita en tu corazón, y la otra en tu barriga. Nota que, cuando inspiras, tu barriga se mueve hacia dentro, pero cuando expiras se hincha de aire.

Contaré hasta tres.

Uno, coge aire, nótalo, suéltalo.

Dos, coge aire, inspira, ahora poco a poco deja que se vaya, expira.

Tres, inspira….

Y expira.

Ahora estamos en un bosque lleno de plantas y flores. ¿Las ves? Las hay de muchos colores, de muchos tipos distintos. ¡Mira, un girasol! Y una abejita que revolotea a su alrededor.

Llevamos unos zapatos de deporte, y unos calcetines gruesos porque hace fresquito ya, y estamos buscando el árbol más viejo del bosque. Lo buscamos porque le queremos pedir si, a partir de ahora, cada noche podemos dormirnos recostadas sobre sus raíces inmensas y su tronco enorme, si así nos podrá explicar los misterios que no conocemos, si así nos podrá responder a todas las dudas que tenemos. Los árboles antiguos son seres muy sabios, ellos están siempre quietos, como impasibles, y han vivido tantas épocas, han sido refugio de tantos animalitos y seres mágicos, que conocen las historias de todo el planeta.

Andamos un buen rato y, al fin, nos encontramos en un valle precioso en el que un caminito de piedras nos guía hacia el árbol más viejo.

“Hola”, le decimos. “Hola, os estaba esperando”, nos responde. “Sentaos aquí, en mi regazo, entre mis raíces, que cada noche, cuando os durmáis apoyadas en mi tronco, os contaré una historia antigua, un cuento viejo como yo, para que todas las dudas que os surjan, todas las preguntas, sean respondidas. Tengo mucho que contaros, hijas. Soy vuestra abuelita árbol, y estoy aquí desde el principio de los tiempos, desde que la primera persona nació en la Tierra. Todo lo que deseéis saber, lo sé, y os lo explicaré. Bienvenidas”.”[1]

Cuando acabo de narrarle muuuy lentamente este texto, de memoria siempre, con un tono suave, ni grave ni agudo, y bajito, como si no quisiera que nadie más que nosotras dos me escuchara, le doy las buenas noches con un beso y me quedo a su lado hasta que se queda dormida. Por la mañana es importante preguntarle qué le explicó esa noche la abuela árbol y escribirlo en el Libro de Crianza.

[1] Autoría: Laia Oraá.

Crianza Cíclica: Visualización de la Abuela Árbol

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