Hace años que hablo de la importancia de poner palabras a lo que vivimos, a lo que nos inquieta, duele, emociona o hace felices… Poner palabras a las emociones ayuda a los niños a poder identificar lo que sienten, y a la larga es de vital importancia para su salud poder identificar lo que les causa malestar o felicidad de lo que no, para poder hacer camino afín a su propia naturaleza, a su voz interior. También hablo de explicar cuentos e historias de tradición oral, de cantar canciones y de recitar rimas. Sí, todo esto es bello, es arte, es alimento anímico para los pequeños.

Pero estas palabras, historias y rimas no ofrecerán su medicina, la que han venido a ofrecernos, si no procuramos un espacio de silencio en el hogar.

Llenar el día de palabras y de ruido: cuentos, historias, música, televisión, conversaciones…. Aunque sea de fondo y con un volumen bajo, no deja espacio para la asimilación de conceptos, para el procesamiento interno, para que la voz interior lata fuerte, para que el cuerpo nos hable, para que la fantasía pueda brotar.

El silencio es necesario para el equilibrio, para ver cómo estamos realmente, para poder concentrarnos, para desacelerarnos y bajar niveles de nerviosismo y/o ansiedad, para encontrar el modo de que nuestra vocecita sabia, la interior, pueda hacerse comprender.

Cultivar el silencio en el hogar es una base de tierra, de seguridad, de raíz, de confianza.

Os invito a reflexionar: ¿Hay lugar para el silencio, en casa?

Si la respuesta es no, podemos incorporarlo dentro del horario de rutinas, o podemos establecerlo con una duración determinada, en un momento concreto, y ver qué pasa.

En casa lo establecí durante el confinamiento. Sentía que era necesario un espacio de tiempo en el que solamente hablásemos si fuera necesario, realmente, y en el que, cada uno a lo suyo, se pudiera concentrar y conectar con el adentro. No hablo de tener que estar callados, incluso cuando hablamos con nosotros mismos, os pongo un ejemplo: Mi hija se pone a jugar y hace las vocecitas de los personajes. Es su voz interior, su fantasía, y lo hace en voz alta porque es su expresión natural. Esto se permite, así como cualquier otra expresión que salga de su fantasía interior mientras juega. Con «silencio» nos referimos al ruido exterior: a las palabras adultas, conversaciones, televisiones y radios, juguetes con sonido…

Si estamos acostumbrados a vivir sin silencio es posible que, al principio, sintamos una gran incomodidad: Podemos sentirla, abandonarnos a ella y ver qué nos viene a mostrar. Con los niños puede suceder algo similar, y si es necesario los tendremos que acompañar con paciencia y amor, hasta que encuentren su lugar dentro de este silencio en el que no se movían y que tanto les va a enseñar.

Suele ser mucho más sencillo mantener silencio en la naturaleza. Delante de un amanecer, un atardecer, la niebla acariciando la montaña, la flor bella… Hacemos «¡Ooooh!» y nos callamos. Después del asombro y la emoción viene el silencio necesario para integrar lo que nos ha emocionado. Aquí callar forma parte del placer de la experiencia. Y así tendría que ser vivido y transmitido el silencio en el hogar. Dejamos de hablar, si no es necesario, como acción placentera para todos.

 

Cultivar el silencio en el hogar
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2 comentarios

  • Manuela Ramos Cabrera

    15 de mayo de 2020 a las 22:43

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    Maravilloso,, totalmente de acuerdo, yo voy hablar de mi,,yo necesito ese silencio,,el confinamiento no ha sido bueno para nadie ,pero no dejo de reconocer que yo no lo he llevado tan mal ,,,para mí estar en casa es como estar en libertad y en paz conmigo misma .mi más cordial saludo…

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    • Laia

      19 de mayo de 2020 a las 23:14

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      Gracias por compartir, Manuela. Siempre digo que solamente en silencio y en soledad podemos llegar a conocernos bien. Pero mirar adentro duele o da miedo muchas veces, sobretodo si no lo hemos hecho antes… Por esto el confinamiento ha sido tan duro para tantas personas. Es vital acompañar a los niños en este saber estar en silencio como camino hacia dentro. Un fuerte abrazo!

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