Hubo un tiempo, hace miles de años (anteriores al rito de la primera comunión cristiana), en que las niñas entre 7 y 11 años eran iniciadas por primera vez a la espiritualidad de la Diosa, y se les presentaba ante la Luna para prepararlas para lo que, años después, sería su llamada. Esta era su primera comunión con la Luna.

Sin enseñarles los misterios de la sangre, las mujeres de su tribu las conducían por medio de ritos secretos al encuentro con su feminidad aún sin florecer, celebraban su presentación a la Luna para pedirle a la señora que las protegiera, las mirara, las reconociera. Después preparaban pastitas blancas redondeadas, con las que las niñas comulgaban. Era un momento en que el eterno femenino se encarnaba en las niñas, tomaba cuerpo en ellas, y aunque en ese momento no fueran conscientes de ello, este sello de la Diosa quedaba impreso en su interior. Éste les daría la fuerza inconsciente en sus raíces femeninas durante toda su vida y sería la base, cuando la sangre aflorase, para comprender con todo su ser que ¡eran hijas de la Luna!

Si observamos nuestra situación interna y la de las mujeres que nos rodean en el entorno cultural en que vivimos, podemos preguntarnos:

¿Dónde está el eterno femenino? ¿En qué momento la mujer se empieza a despojar de todas sus aptitudes naturales? ¿En qué momento se empieza a rebelar contra sus propias fuerzas femeninas, que son las que le darían la seguridad para vivirse como mujer?

Existe en cada una de nosotras una etapa de niña a mujer que está impregnada de una profunda verdad, un tiempo de transición entre la infancia y la adolescencia (que es el momento en que el eterno femenino se encarna para siempre en el cuerpo de la mujer para que ésta pueda vivir su profunda función sagrada).

Es en estos años cuando la niña interna está más despiera que nunca y tiene la llave de la conexión con la identidad femenina.

Los años anteriores a la adolescencia son la preparación para cuando llegue el momento mágico de iniciación femenina en la que la niña será tocada por la Luna que la reclama para hacerla suya,

Podemos imaginar que estos años de reinado de la niña interna se asemejan a un jardín (símbolo del Alma Virgen que viene a experimentarse a sí misma) y en este jardín, donde nacen la imaginación y la fantasía, la niña vive como en eterna primavera. Ella es la Sabiduría jugando en el mundo, su juego no es un juego infantil sino uno espontáneo, con risas que nacen del vientre. Siendo simplemente ella misma, se hace dueña y creadora de su propio jardín.

Existe una niña dentro de cada mujer que si no hubiera sido condicionada y limitada, tendría la fuerza suficiente para integrar, más tarde, la llegada de lo femenino perenne con sus ciclos. Este es el arquetipo de la identidad femenina primordial, y sólo esta energía integrada puede hacer que la mujer adulta sea más tarde auténtica. Cuando no es así, la mujer no puede conectar con su identidad y se coge la del marido, de los hijos, del padre, de los amantes…

Sin esta independencia que da la niña interna, las mujeres se pueden quedar atrapadas en la niña caprichosa, que busca siempre la valoración externa, comportándose entonces, como desvalidas, posesivas, sumisas, mandonas… que piden amor sólo porque no pueden confiar en sí mismas.

¿Cuáles son las cualidades de la niña interna que no ha sido condicionada?

No tiene límites en los anhelos y los objetivos, para ella ¡todo es posible!

– Está libre de convenciones.

– Es portadora de sueños e ilusiones.

– Es impulsora de alegría.

– Es creadora de mundos internos.

– Es la dueña de su destino.

– Es la protagonista de su propia experiencia.

– Vive el impulso de saltar, de correr, de ser libre.

– Se centra en sí misma en vez de agradar a los demás.

Como la Diosa Perséfone en los antiguos misterios de Grecia, ella camina por el campo con sus amigas, feliz y sin preocupaciones, cogiendo narcisos, hasta que un día la Tierra de su cuerpo se abra para entrar en la adolescencia y ser llevada por la Luna al abismo de los ciclos.

Cuando esto suceda, su espontaniedad natural se pondrá al servicio de la Diosa, la vitalidad de la niña se convertirá en la fecundidad de la mujer. Con la primera sangre, la Luna despertará en la joven el instinto que oye en la oscuridad, así, intuitivamente la naciente mujer sabrá que ahora es portadora de mágico poder, sabrá que es hija de la Luna.»

Guadalupe Cuevas.

El eterno femenino
Etiquetado en:

Un comentario

  • Raquel Tetisto

    6 de octubre de 2015 a las 16:08

    Enlace permanente

    Me encanta tu manera de exponer esa primera comunión con la Luna que deberían de tener las niñas.
    Tengo una hija que dentro de pocos años entrará en esa etapa y me parece muy importante saber como conducirla hacia ese encuentro con su feminidad, para que sea lo más bonito posible.

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *