No sé si fue por hablar tanto de ella o por gozarla tanto durante estos últimos años, pero el hecho es que la sangre no tardó en llegar.

Menstrué, de nuevo, después de 39 semanas y 9 días. Justo el día que correspondía a la Luna Oscura del mes en que nació Lúa: el 18 de mayo (1+8=9). Y es curioso, porque si ella nació el 9 de mayo, mi sangre aparecería 9 días después. Parí a las 39 semanas y tanto su padre como yo nacimos un día 29. ¿Qué tendrá ese número que hace magia en nuestras vidas?

El caso es que, sumida en el puerperio más hondo, más oscuro, hecha toda yo una cueva-ovillo y pegada a una bebé que se pasaba día y noche enganchada a mis tetas, menstrué antes de finalizar los 40 días tan famosos de después del parto.

Y he leído por ahí que cuando eso sucede significa que tú ya estás hacia el exterior, hacia afuera, para los demás, y que por este motivo las mujeres que hacen lactancia materna exclusiva y viven en la díada madre-bebé, tardan tanto en volver a ser cíclicas. ¡Uix… Cuidado!!! Mucho cuidado con este tipo de determinaciones tan radicales, tan extremas, porque cada mujer, cada madre, tiene que bucear hacia sus profundidades más oscuras para poder conocer el significado de esa sangre, y su mensaje. Porque lo importante de todo esto, lo realmente esencial, es bailar la danza de nuestra propia ciclicidad, de nuestras hormonas, y darnos cuenta de la conexión que existe entre nuestros ritmos más ancestrales y la naturaleza. Bailar la sincronidad de los ciclos internos y externos, y tener los ojos bien abiertos para aprender a discernir el mensaje que nos aguarda. Nuestra propia revelación.

Yo menstrué en seguida aun haciendo lactancia materna exclusiva y haberme entregado en cuerpo y alma a mi bebé, y créeme si te digo que hoy, cerca de los siete meses después del parto, aún estoy sumida en las profundidades del mundo subterráneo de mi linaje. Y, aunque atravieso cada mes las cuatro fases del ciclo, la fuerza puérpera me mantiene más tiempo abajo que arriba, y si a la doncella apenas la rozo, la entreveo, a la chamana y a la bruja las llevo de la mano y me siento con ellas a tejer el mapa de las heridas más profundas de mis abuelas. Créeme si te digo que el viaje puérpero, si dura más de 40 días, muchos más, y aprovechas tus dones de ver entre mundos, que en ese momento están a flor de piel, puede ser un viaje de (re)conocimiento de una misma muy lúcido, puede ser medicina. Y que poco se habla del puerperio como medicina para el alma, ¿verdad?

Porque este viaje no dura sólo los 40 días que estamos acostumbradas a escuchar. No. Bajo mi experiencia personal, es imposible que así sea, ¡vaya un viaje express! No habría tenido tiempo de desempolvar baúles llenos de sueños, dones y fantasmas de las abuelas, no hubiera podido sentarme, agotada, en el rincón más cálido de mi cueva para leer con los ojos cerrados las heridas de las mujeres de mi vida, no hubiera podido…. ¡No podría ser yo misma, la que ahora os está hablando, entera!

Después de un rito de paso tan salvaje como es el parto es necesario recomponerte los pedazos, los fragmentos del «yo antiguo» que dejaste en la habitación en la que viviste las contracciones, en la sala donde diste a luz. Esos fragmentos de ti que solamente puedes ver tú, pues son invisibles a la vista de nadie más. Y es necesario que lo hagas durante esa época de ultratumbas tan mágica, cuando eres más que antes, más que nunca, la bruja de tu propia vida, la mujer que, habiendo dado la vida, la sostiene, la mantiene y la hace crecer mientras sana las raíces de su árbol, la que nutre las flores y riega las raíces.

La mujer que atravesando oscuridad es capaz de mantener la vida.

La bruja de la tribu.

La bruja de la tribu
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