Durante estos últimos dos años de mi vida he estado aprendiendo a ser Tierra. A manifestar la Tierra en mí. A saber que aquí está, que la tengo, como todas la tenemos, y a vivir a través de ella.

Yo, Fuego que arde a través de la inspiración constante, Aire que me acerca a las palabras orales y escritas, tenía quizá la Tierra un poco lejos. Digo quizá porque la verdad es que, ahora que vivo más desde su esencia, creo que realmente nunca lo estuvo mucho.

Ella, mi hija, me ha enseñado qué es la Tierra y su energía. Y no sólo porque sea, según su Carta Natal, Tierra en sí misma, y no sólo porque yo lo vea día tras día desde que se despierta hasta que se duerme, no sólo por esto. Es que el embarazo, la crianza y el maternaje son Tierra Pura. Tienen que serlo. Tienen que serlo porque el Fuego del Hogar sólo puede nacer si antes ha habido Tierra en la que anidarse y aparecer.

Es que sostener un bebé en brazos desde que nace, amamantarlo, acunarlo, darle calor constante, nutrición emocional, tener paciencia, cuidar, estar presente…. Es que todo esto es ser Tierra.

Parí siendo Tierra, aunque nunca antes lo nombré así. Las palabras que salían de mí eran: “animal salvaje”, “mamífera”, “loba”. Pero, ¿qué más Tierra que todo ello? Tierra abriéndose a la Muerte y a la Vida. Tierra.

Ahora ella me pide que esté en su cuarto cuando juega, y no quiere que haga nada más que estar (pero presente, ausente equivale a “no estar”). Y haciéndolo me siento árbol. Soy necesaria para ella, si estoy le permito jugar y desarrollarse en armonía. Pero no influyo activamente en su juego hasta que no me lo pide. Tierra.

Y todo esto que me parece tan bello me lleva a seguir construyendo el puzzle de la Crianza a través de los elementos, y siento que así como sin Tierra no podría haber nada, pues nada existiría, ni nosotras mismas, ni nuestras hijas, sin Fuego tampoco puede construirse un Hogar, pues el calor es imprescindible para la Vida, y sin Aire seríamos incompletos y carentes, pues tan importante es nombrar a un niño pequeño la Verdad de las cosas que le/nos suceden para poder drenarse emocionalmente y equilibrarse, comprender llevando luz a sus experiencias en lugar de quedarse en lo oscuro de donde pueden salir monstruos algún día, como alimentarnos físicamente. Y cantar. Cantarle a nuestros hijos. Fuego que me inspira y Aire que transmite mis melodías. ¡Le canto tanto a Lúa! ¡Y le he cantado tanto en estos dos años! Nunca pensé que sería así, pero me salía solo, como si ancestralmente ya lo llevara en mí. No podía mirarla y no cantar. Ahora ella inventa sus propias canciones. Y agua. Agua bendita que nos nutre, purifica, alimenta, limpia, armoniza. Agua que nos ayuda a expresar nuestras emociones, a que afloren afuera. Aguas Sagradas de la Madre que fluyen y no se estancan, que abren caminos que antes desconocíamos pero eran posibles. Agua Subterránea como Sangre Menstrual, pura y rica en conocimiento, que nos recuerda que somos Tierra, y volveremos a ella.

Así es como, pues, la Crianza es un puente para mí, de nuevo, en el que atravieso aprendizajes y descubro cosas maravillosas. Hoy he descubierto que para criar hay que dejarse ser Tierra, y aprender a amarla. Y que sin ella no puede haber todo lo demás.

Dos grandes mujeres, Lola y Andrea, me han inspirado para escribir este post. Gracias.

La Tierra de la Vida
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Un comentario

  • Natalia Navarro

    16 de junio de 2017 a las 16:15

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    Muy hermoso lo que cuentas, me veo tan reflejada en tus palabras! y qué bella imagen, tú, árbol, junto a tu hija. Bellísima y muy inspiradora. Gracias

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