Esta semana, en los poquitos ratos libres que he tenido, he estado sintiendo de qué forma trabajar el Adviento en casa.

Personalmente no pertenezco a ninguna religión que no sea la de la sabiduría de la naturaleza (y esto tampoco lo considero una religión), así que no puedo transmitir el sentido de la Navidad a mi hija contándole la historia escrita en la Biblia o cantándole villancicos.

No lo puedo hacer porque no lo siento. Y si algo he aprendido durante este tiempo de maternidad es que las emociones calan mucho más que las palabras. Podemos explicar mil veces algo, podemos poner palabras para llenar tiempo o vaciar tristezas, rabietas, enfados… Pero si lo que decimos no lo sentimos, no funciona. Con ellos no. Con los pequeños de la casa no. Porque ellos son seres sutiles y están conectados del todo con la parte emocional y espiritual de la existencia. La parte racional se despierta y empieza a gobernar más adelante, pasado el primer septenio de vida o, quizá, en el mundo en el que vivimos, taaaaan racional, algo antes (ojalá no).

El hecho es que a ellos no les podemos engañar. Ellos saben a lo que estamos conectadas sus mamás, a lo que están conectados sus papás. Lo saben sin necesidad de palabras, y ahí está lo poderoso de todo esto: que, siendo las palabras tan maravillosas para acompañarles en la gestión de sus emociones y el descubrimiento del mundo, siendo mágicas con la poesía o el canto, a veces, las palabras no son necesarias. Aún así siempre, siempre, es necesario que estas palabras, cuando se pronuncien, estén conectadas con la emocionalidad del adulto, para poder sentir desde ahí. Para poder conectarse al mundo desde la pasión.

Por ello Lúa ama el lego, por ejemplo, y desde muy pequeña le pide a su padre que juegue con ella, pero a mí no. Y sus ratos son sagrados, pues no me llama, no me necesita, está absorta disfrutando en el espacio de energía, de pasión, del padre. Y ella se nutre de ello. Y mira a su padre como toca las piezas y las ordena o limpia, como las trata con delicadeza, como las admira porque son importantes para él. Y ella sale de ahí habiendo aprendido algo nuevo, siempre.

Por ello Lúa me pide sólo a mí hacer las manualidades: dibujar, pintar con acuarelas en un lienzo o con pinturas el cuerpo, hacer figuritas de fango, castillos con cartones… Porque conoce muy bien que allí está una de mis pasiones, y se conecta a ella para nutrirse y crecer. Y aprende cómo alguien, su mamá, hace algo que lleva muy adentro, con amor (¿cómo aprender si no es desde el amor?).

A veces podemos pensar que para conectar a nuestros hijos al mundo necesitamos bellísimos parajes salvajes pero, en realidad, nos olvidamos de que lo que amamos, por simple que sea, es su conexión.

Fijaos qué gran responsabilidad tenemos los adultos que acompañamos a niños, pues esta emocionalidad no siempre es en positivo (la oscuridad es necesaria para que haya luz), y de la misma manera que conocen y se nutren de nuestras pasiones también saben de nuestras heridas más profundas. Y sin haberles puesto palabras, claro. Saber acompañarles en nuestras sombras, para que puedan así conocer también las propias y no temerlas es uno de los grandes temas de la ma/paternidad.

Pero si yo voy y le cuento a Lúa la historia de la Biblia, no se la va a creer, y no va a conectar con nada. Será un momento vacío de significado real para ella. El significado real es, para mí, todo lo que absorbe y aprehende en estos momentos sagrados en los que, conectándose a lo que amamos, se nutre. En cambio, si le cuento el sentido de la Navidad para mí, si intento poner palabras a lo que realmente siento y lo transmito, además, con juegos, cantos, rimas, teatros, cuentos… para divertirnos juntas, ahí sí que estaré conectando a mi hija con algo significativo, y lo será no porque yo tenga más o menos razón que un creyente de cualquier religión, lo será porque estaré transmitiendo en coherencia con mis emociones. Y ahí está el secreto, creo, del anclaje profundo a la Vida. Ahí está el ancla que la sostendrá cuando encuentre baches en su vida. Quizá encontrará antes el camino que le lleve a sus verdaderas pasiones, a lo que le hace vibrar, porque lo habrá recorrido con su madre y/o su padre antes, muchas veces, y no se perderá. Quizá, como yo he sentido tantas veces, nunca caerá demasiado hondo porque siempre encontrará un jardín de flores que le pare el golpe.

El sentido verdadero de la Navidad, lo que trabajemos en el Adviento, tiene que ser lo que realmente sintamos que es, para nosotros, esta festividad. Intenta dedicar esta semana a reflexionar sobre ello: ¿Qué es para ti la Navidad? ¿Qué simboliza? ¿Qué emociones te vienen en mente? ¿Qué sientes al respecto? ¿Cómo transmitirías lo que nos viene a enseñar esta fiesta a tu hija o hijo? No te apresures ni inquietes, hazte las preguntas por la noche, a poder ser, antes de acostarte, y deja que sea por la mañana cuando te vayan llegando recuerdos, emociones, respuestas. Escríbelo todo. Escribir ayuda a no olvidar y a ordenar.

A partir de la semana que viene iré compartiendo cómo he decidido trabajar este Adviento en casa, y por qué. Con este artículo lo que deseo es que me puedas leer desde tu centro para que apliques lo que sientas, con significado real, y crees también tus propias iniciativas, las que sean más afines a tu sentir personal.

Lo que amamos es su conexión
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