Rudolf Steiner nos recomienda lo siguiente: Si has nombrado al niño durante el día o durante la jornada escolar en el caso de los maestros, con un grito o tono duro, antes de despedirte, vuelve a decir su nombre entero, amorosamente. Así podemos reparar mucho del daño hecho. Lamentablemente muchos padres y maestros dicen el nombre completo del niño, justamente para regañarles, relacionando el niño su nombre, su identidad entera, a nivel inconsciente, con algo negativo. Enfadados los adultos dicen ¡Alejandro! Y con tono amable ¡Ale!. Desde mi experiencia respecto a la importancia de ser nombrados con nuestro nombre entero, ya que aúna potencialmente nuestros talentos y cualidades innatas, os invito a cuidar la manera en que nombramos a nuestros niños: nombrémoslos aceptando todo su potencial, nombrémoslos con el nombre entero y bonito…

Tamara Chubarovsky

Hace un par de meses, cuando cumplí 30, una amiga del alma me regaló un libro. No es algo extraño, ya que conociéndome como me conoce y siendo su trabajo un lugar con centenares de libros, es habitual que me deleite con tesoros que van cambiándome la vida.

A mí los libros me han cambiado la vida muchas veces. Me acuerdo de adolescente, leyendo en las vacaciones de verano libros que se me llevaban muy lejos de la realidad y me hacían visualizar con potencia países y experiencias que conocí y viví después. Me acuerdo cuando leía libros sobre espiritualidad, sobre el camino de vida, sobre ego. Todos los libros que leí me fueron dando pequeños giros, pequeñas sacudidas que me recolocaban donde tenía que estar en ese momento. No en vano un libro llega cuando tiene que llegar.

Pues bien, mi amiga me trajo un cuento y dijo: “En realidad no sé si el regalo es para ti, o para Lúa, pero creo que da igual, es para las dos, ya lo verás.” Y sonreí. Porque si ella lo decía tenía que ser así. No conozco persona que sepa apreciar más la belleza de los cuentos que ella.

La portada del cuento ya me ganó. África. Ella sabe lo que África es para mí. ¿Cómo podía ser que en estos casi tres años no hubiera acercado a Lúa hacia mi pasión por África? ¿Dónde quedaba eso, ahora? Y volví a sonreír. Porque mi amiga me estaba recordando que he estado, sigo aún, más fuera que dentro de mí, tanto que había olvidado algunas pasiones que habían latido siempre fuerte en mi alma. Y la verdad es que necesitaba comenzar a recordarlas. Recordar quién era antes de la maternidad. Quién había sido.

La cuestión es que lo abrí y empecé a leer. Lúa a mi lado mirando. Ojos abiertos. Lo leí rápido, más de lo habitual, pues había cuatro adultos mirándome y una niña acechando el cuento. Pero lo que vi y entendí me pareció maravilloso.

Gracias.

El día siguiente lo leí, de verdad. A solas. Y ahora sí que me emocioné. Mi amiga había dado en el clavo otra vez.

Últimamente me había encontrado con algunas situaciones en las que había tenido que explicarle a Lúa que aquello que había hecho no se podía hacer, es decir, había tenido que poner límites. Y un límite, por más respetuosa que sea la forma en la que se explica, duele. Un día, en la ludoteca, un niño le cogió algo de las manos y ella lo tiró al suelo de un manotazo. Otro día fue ella la que le quitó algo de las manos a él. Las primeras situaciones de comunidad, normales, pero que se tienen que verbalizar. El día que lo tiró al suelo me cogió tan desprevenida que dije en un tono medio-alto: “¡No! ¡Esto no lo podemos hacer!”, y se me quedó mirando con esa carita… No lo hice bien.

¿De qué manera actuar cuándo volviera a pasar algo parecido? ¿Cuándo hiciera algo que superara un límite? Sin herirla, sin levantar la voz, sin ponerme yo nerviosa. Consiguiendo conectar con ella y que me entendiera.

El cuento me dio la fórmula mágica.

La historia dice que en una tribu de África, cada persona tiene una canción. Esta canción se crea desde el embarazo de la madre y le acompaña toda la vida. Una canción de poder. El cuento nos explica que, cuando alguien de esa tribu hace algo incorrecto, todos se reúnen en círculo y le cantan esa canción. Le recuerdan quién es, le recuerdan de dónde viene, le recuerdan cantándole que su alma es buena, como todas, y que no tiene por qué temer. Le aman cantándole lo que su tribu le cantaba a su madre cuando estaba embarazada y lo que su madre le cantaba a él o ella durante toda su infancia, siempre. Le sanan recordándole que, a pesar de lo que pueda hacer o decir, lo aman. Y, de esta forma, esta persona vuelve a su centro. 

Le muestran lo que es el amor incondicional.

¿Puede haber algo más bonito que  hacer cuando alguien comete un error? En lugar de darte un sermón (que siendo niño casi nunca escuchas), y enfadarse contigo, ¿y si te recordaran lo bello que eres en alma y corazón, mientras te muestran su amor? ¿Quién podría hacer daño a los demás sintiéndose siempre así de amado?

Llamadme ilusa. O utópica. Me da igual. Yo me lo creo. Y lo probé con mi hija. Y funcionó. Le canté su canción de Vida, la que le creamos mi madre, la mujer que sana con su canto (de la que os hablé aquí) y yo, dos días antes de nacer, y que le ido cantando hasta ahora. La mecí. La apreté hacia mí. Le dije que lo que había hecho no se podía hacer dándole explicaciones sencillas, cortas y claras, y le volví a cantar.

Y se le pasó. El disgusto desapareció.

¿Y si lo seguimos haciendo a lo largo de toda la vida? ¿Y si lo hacemos con los adultos que nos rodean también? ¿Y si con la magia del amor incondicional somos capaces de recordar a todas las personas que tenemos cerca que su alma sigue siendo pura, y que pueden actuar desde el amor, si así desean? ¿El mundo sería igual?

Maga

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