“Vuelve a dormirse la tierra,

el pájaro hacia el sol yerra.

Llega el otoño, ya llueve

y el mundo, en paz, no se mueve.”

R. Wehren

En otras ocasiones os he hablado de la importancia de realizar una mesa de estación, aquí cuando os presentaba la de primavera o aquí, cuando os mostraba la de invierno.

Hoy, y como en el lugar en el que vivimos, situado en el Hemisferio Norte, el Otoño ya está aquí, os acercaré la sabiduría de la mesa de estación aplicada a esta estación.

Desde que, ya hace un año, pusimos la primera mesa de estación en casa, la hemos integrado no solamente en nuestro espacio a modo de “altar”, sino que también la hemos convertido en un elemento vivo, un área en la que tanto Lúa como yo vamos disponiendo objetos y detalles que representan las diversas experiencias que vamos viviendo. Este hecho la convierte no solamente en espejo de las energías de la estación, sino que va un poquito más allá y la convierte en algo muy especial.

Uno de los aspectos que considero más importantes es que la mesa de estación tiene que estar Viva, tiene que crecer y disminuir, tiene que moverse, tiene que representar lo que vivimos en casa, lo que el niño o la niña están aprendiendo. Lo mismo decía, me acuerdo, hace ya tiempo, cuando hablaba a las mujeres adultas de cómo realizar un altar para sus cuidados y conexión con la espiritualidad. Decía que en un altar no puede haber polvo, que si lo hay es porque no se ha estado delante, no se ha tocado, movido, no se ha conectado. De nada sirve tener en casa un espacio bello pero solitario, fijo e inalterable, cuando realmente la Vida, que es lo que deseamos mostrar en una mesa de estación, no es ni fija ni inalterable.

Por lo tanto, cuando en una de nuestras excursiones al bosque, Lúa coge una hoja seca, una piña, una piedra, etc., y la quiere guardar, la llevamos a casa y, a modo de ritual, la ponemos en la mesa de estación. Al día siguiente le hace mucha ilusión ver esos elementos especiales para ella, porque los eligió, dispuestos allí, y los coge y juega con ellos. También abrimos un cuento de estación ilustrado, por la primera página, y lo disponemos de pie. A medida que lo vamos conociendo y explicando las páginas van cambiando hasta llegar a la última, cuando la estación va llegando a su fin (los libros de estaciones de Gerda Muller son maravillosos para hacer esto, pues la última página ya refleja la mezcla entre la estación que acaba y la que comienza). Esto es una mesa viva, y así es como me gusta a mí entender el concepto de “mesa de estación”.

Además, creo importante que la mesa no se disponga en un rato, de un día para otro, de forma brusca, ya que tampoco eso refleja la naturaleza real del paso rítmico de las estaciones. Hace semanas que el viento es un poco más frío, que las lluvias son algo más abundantes y que los árboles se están dejando caer las hojas. No hemos entrado al otoño de repente, es algo progresivo como también lo son nuestros ciclos lunares femeninos. Y así es también como transmitimos sin palabras a nuestras hijas que los ciclos de la vida se van sucediendo uno tras otro, de forma progresiva. Así, día tras día vamos añadiendo algo nuevo, algo que refleja la nueva estación, y vamos retirando la antigua. A mí me gusta mover de sitio a los duendes y a la figura de la Madre Tierra, los pongo mirando hacia atrás, o hacia un lateral, y cuando miramos la mesa le cuento que se están yendo, poco a poco, pues su estación ya va terminando. A la vez, van llegando los nuevos, vestidos con los colores típicos y llevando algún símbolo de lo que representan.

Con el otoño entramos a la fase oscura del año, estas dos estaciones que nos traen, día tras día, más frío, más oscuridad, más conexión con el interior. La mesa de estación tiene que mostrar este aspecto. Para mí es fundamental que los niños pequeños entiendan ciertos conceptos abstractos sin necesidad de palabras. El hecho de disponer, en el centro de la mesa, un farolito con una vela dentro, y encenderla cuando el sol se va a dormir (que es mucho antes que en verano), les hace conscientes de que la luz es menor en esta época y de que, a la vez de alumbrarse, también da calor. Si esto lo juntamos con cuentos, rimas, canciones e historias sobre la época, cada aspecto de nuestra mesa adquirirá una importancia en la psique de nuestros pequeños, importantísima. 

Los colores del otoño son los naranjas, ocres, marrones y morados. La tela que recubre nuestra mesa puede ser, por tanto, de alguno(s) de estos colores. Los elementos naturales que pondremos serán los típicos de nuestra zona. Las hojas secas y piñas, por ejemplo, no pueden faltar.

Los duendes van con cestos, carretillas o sacos, pues la Fiesta de la Cosecha ya está aquí y han recogido los frutos maduros del bosque para almacenarlos, hacer mermeladas, conservas y membrillos. Además, los duendes tienen una casita de madera para protegerse de los abundantes días de lluvia y un a fogata cerca de donde trabajan para calentarse cuando, al atardecer, el frío llega. El otoño es una estación abundante porque los frutos están maduros para comer, por eso me gusta simbolizar la abundancia con piedras de colores vivos, que representan los colores de los frutos que la Madre Tierra nos ofrece.

El hada de otoño es de colores naranjas, marrones o morados, y lleva algún elemento que la conecta con este tiempo. Nosotros tenemos dos modelos muy bonitos: La de la calabaza (y que forma parte de la caja de otoño que hemos preparado) y la que tiene un vestido de hojas secas.

Además, es muy interesante añadir la figura de alguno de los animales típicos de la estación como el erizo, el puerco espín, el zorro o la araña.

Pero cada mesa de estación tiene que ser única, tal y como lo es cada ser, tal y como lo es cada hogar. Te animo a que crees una mesa de estación que refleje lo que para ti es el otoño, y en la que puedas transmitir a los más pequeños la ciclicidad, la sabiduría de esta estación tan mágica.

Mesa de estación de otoño
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