Tengo que confesarte algo, hermana. Ayer me di cuenta. Te parecerá una tontería, o quizás no. La cuestión es que para mí ha sido importante.

Soy consciente de que abrí esta Casa porque yo misma necesitaba sanarme. Y aún. Inconscientemente busqué la manada que no tenía. Como no podía oír los aullidos de las demás lobas, me dediqué a aullar yo, de manera intermitente pero constante, en el mundo virtual. Y aparecisteis. Poco a poco, una a una, llegasteis aquí y me comprendisteis. Me contasteis vuestra historia vital, cada una distinta, cada una maravillosa en sí incluso en el dolor porque, tal y como me habéis transmitido, fue de ese dolor que afloró la bruja que ahora sois.

Encontré una manada y traté de guiarla hacia el camino que yo misma había recorrido antes sola, y que tanto me había enseñado, la Tradición de la Mujer Sabia. Pero somos animales sociales, mamíferas, y el camino en manada sabe mejor. Durante este tiempo no he pensado mucho en mí, pues he tenido mucho trabajo que hacer: que si escribir, que si investigar, que si preparar los talleres, que si responder esos maravillosos mensajes que me enviáis a diario… Os prometo que he sido feliz.

Y ayer, estirada en el cesped con mi mejor amigo, un hombre muy especial, me di cuenta de algo: ¡Meses, hace meses que me miro al espejo y no me juzgo! Pero voy más allá, porque lo que me dejó más alucinada fue darme cuenta de que en mi vocabulario mental ya no aparecen las sentencias: «Eres guapa» o «Eres fea», sino «Eres.» Y punto.

Y entonces se lo expliqué a mi amigo y me sonrió, porque él ha vivido conmigo, me conoce mucho, y sabe la cantidad de años que pasé tratando de realizar dietas inútiles para perder grasa (que, por otra parte, no me sobraba, pero yo creía que sí), tratando de ser «guapa», tratando de encajar en el patrón establecido (¡qué horror!). Sí, él se alegró porque sabe donde he estado metida. Y después de unos minutos en silencio, dijo: «Pero tú siempre has sido guapa, con el cabello corto o largo, con falda o con pantalón. Siempre.» Y volví a sorprenderme porque, esta vez, pude sonreírle yo, ¡pude aceptar el cumplido, pude sentir que me lo decía de corazón y pude agradecérselo! Y no me escondía detrás de respuestas llenas de ironía o cambios de tema bruscos, como antes, no, ahora le miraba a los ojos y le agradecía de verdad. Pero yo ya no necesito ser guapa. Ya no. Yo, ahora, necesito ser yo. Ser completa y exuberantemente yo, con mis sensibilidades extremas y mi necesidad de soledad; con mis gustos poco comunes y mis chanclas viejas; con mis pecas y mis pelos en las piernas; con mi voz de pito cuando me irrita algo y mi frialdad cuando no me fío; con mi amor a los gatos callejeros, aunque vuelva a casa llena de pulgas; con los pies negros porque voy descalza todo el día, como cuando tenía 8 años.

Sí, mujeres, este camino de vuelta a la sabiduría ancestral femenina va sanando, paso a paso, todas y cada una de las heridas. También las que no sabíamos que teníamos. Las que nos estabamos escondiendo a nosotras mismas. Es un camino mágico, este de quitarte las capas (a modo de cebolla) y encontrarte con lo que eres en realidad.

Es un camino mágico el que te lleva, de vuelta, a la bruja que ya eres.

Ya no necesito ser guapa, ahora necesito ser yo
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