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Los espacios que me niego

Todo empezó la semana pasada cuando, leyendo (ahora no sabría decir exactamente qué) por internet, me encontré con esta frase:

 

Creo que me cuesta ser consciente de los espacios que me niego. Lo tengo tan asimilado (por ejemplo, pasear por la playa, de noche, sola) que me resulta dificil mencionarlo aquí. Recuerdo que Simone de Beauvoir comentaba que para ser un artista como Van Gogh o cualquier otro hombre, y artista, las mujeres deberíamos tener la libertad de movimiento que los hombres han tenido, la libertad de moverse y perderse por las calles, me refiero. Me parece que, en muchos casos, esta limitación está incrustada en nuestro ‘estar en la vida’. Una especie de miedo atávico transmitido de abuelas a madres y a hijas, algo que en mi fuero interno lo denomino como «el síndrome de Caperucita Roja». Creo que para una mujer cobarde, como yo, esta limitación ha sido muy frustrante y dolorosa.
Mariasun Landa, escritora.

 

La compartí rápidamente en el Facebook de la casa, pensando que despertaría vocecitas durmientes como la mía, que nunca se había pronunicado al respecto de un tema como éste. Y así fue.

 

Pero mi cabeza se resistió a dejarlo ahí y estuve unos cuantos días reflexionando sobre mi propia experiencia en los espacios que me he negado, y que me niego.

 

Podría empezar diciendo que, en los principios, estos espacios que ahora nos negamos inconscientemente nos fueron arrebatados, robados, y que el fruto de esta herida, generación tras generación, ha sido el miedo que tenemos las mujeres en recuperarlos.

 

Creo que uno de los primeros espacios públicos que nos robaron fue el bosque allá por el medievo, cuando las mujeres se reunían en espacios naturales, cerca de los pueblos, a celebrar las Lunas, bailar, charlar… Ellas fueron las primeras en ser llamadas «brujas» (entendiendo el concepto «bruja» tal y como el patriarcado lo comprende, como el ser una mujer malvada, aliada del demonio (¿?)) y en ser acusadas. Luego condenadas y asesinadas de maneras terribles. Y todo por el miedo, que antes era de ELLOS y ahora es de los dos géneros.

 

Porque la abuela le repite a la niña mil veces: «No vayas sola por ahí, que te puede pasar algo, que está muy oscuro, etc.» y la niña aunque hace como que no la escucha porque ha oído ya esta frase tropocientas veces, guarda sin querer esa norma en un rinconcito de su ser y, cuando crece, casi siempre cuando la adolescencia deja paso a la juventud, despiertan esas voces. Y la niña que ya es joven no vuelve sola a casa por la noche porque tiene miedo. La joven se niega un espacio pero no se da cuenta de que se lo está negando, no se da cuenta porque es «lo normal» entre sus amigas, entre las mujeres que conoce.

 

Pero un día lee algo. O no. Un día va por la calle y oye a una madre decirle a su hija: «Cuando estés de excursión con el cole, sobretodo, no te alejes de la maestra, eh, y por la playa es muy importante que nunca te quedes sola. ¿Lo comprendes, hija, verdad?» La niña asiente pero la joven lo comprende todo. Son tantas generaciones arrastrando la misma herida que, el hecho de decirle esto a una niña parece que es lo que procede.

 

Siempre me acordaré cuando llegué a África. Una mujer muy amable me dijo: «Sal de casa solamente de día. África, por la noche, es de los fantasmas». Me aterroricé, aunque no más de 2 minutos. Salí por la noche muchas veces y siempre me regañaba algún padre o madre de la escuela «no debes salir sola, es peligroso!». En aquellos momentos yo no sentía miedo. El miedo vino después. Un buen día algo que no sé que es despertó la memoria celular de mi linaje y cambió mi realidad. A partir de entonces sentiría miedo si volvía a casa, sola, de noche; no se me ocurriría ir a mirar la Luna a un bosque, sola, y ni mucho menos me sentaría a orillas de una playa para contemplar el cielo, pasadas las doce de la noche.

 

 

Que ya lo decía bien clarito el cuento de la Cenicienta: ¡A medianoche en casa! 

Y si no su traje desaparecía (quedando con unos trapos viejos y sucios, a la vista de todos), los caballos de la carroza volvían a ser ratones y la carroza una calabaza. Es decir, se arriesgaba a que el príncipe viera su verdadera pobreza, a que la viera humillada por sus hermanastras y (ya sabemos como son los píncipes) dejara de quererla. Ahí queda eso.

Imagino como tuvo que vivir el baile la Cencienta… Sin reloj (¿no quedaría muy bien un reloj en un vestido de princesa, verdad?), todo el rato sufriendo por la hora y preguntándole al príncipe bajito: «¿no serán ya las doce menos cuarto, verdad?»

 

Imagino un mundo en el que las mujeres podamos apropiarnos, de nuevo, de todos los espacios públicos. Sanarnos nosotras para dejar de transferir nuestra herida a nuestras hijas. Nadie dice que sea fácil. No tengo la fórmula mágica, solamente ideas. Pero por algo se empieza, ¿no?