Cuesta mucho aprehender a amar. Cuesta. Y es tan difícil porque no se nos enseña a hacerlo, a desarrollar el amor de una manera diferente de la que viene preestablecida por el sistema.
Las películas Disney nos marcan profundamente la infancia y, en ellas, vemos a príncipes en busca de princesas dormidas, mujeres perdidas que sin el hombre perfecto (en serio, ¿perfecto existe?) vagan en sus pensamientos y no tiran adelante.
¡Oh! Tengo que esperar a que me pase a mí, entonces. Un día llegará. Un día vendrá un muchacho maravilloso cabalgando un caballo blanco (una moto, quizás, en nuestros tiempos) y me liberará de este hastío, de este no sentir. ¡Quiero que me quieran! ¿Qué es defectuoso en mí, por qué no aparece?
Este tipo de pensamiento es el que genera, sin lugar a dudas, el imaginario del amor romántico, este mito que me tiene frita.
Piensa un momento: ¿De qué manera se sustentaría este sistema si no creásemos parejas de dos en dos? ¿Cómo permanecerían los valores patriarcales en comunidades de personas amándose, sin dogmas preestablecidos?
No. No sería posible.
Por ello interesa tanto seguir alimentando el mito del amor romántico, del príncipe azul y la princesa rescatada, del «sin ti no soy nada», «te quiero a morir», «sin ti moriría».
A mí, personalmente, me ha costado mucho darme cuenta de todo esto, me ha costado saber que el amor patriarcal me hace daño, me hiere y enferma.
Porque es difícil, a veces, analizar fríamente lo que te han enseñado, lo que has absorvido de tu entorno, y ponerlo en duda. La religión judeocristiana puso a un Dios fuera de las personas (arriba, para mas inri), un Dios que castiga e impone juicios. ¡Miedo! Con las personas desposeídas de tu valor, de su poder, y alguien muy superior analizando cada paso, ¿cómo iban ni siquiera a poner en duda? ¿a llevar a cabo lo que sentían?
La sabiduría ancestral femenina me ha dado la respuesta a este gran conflicto interno. Las abuelas nos cuentan que Diosa está en nosotras, no fuera. Que el poder está dentro de ti y de mí, de cada una, no fuera. Que Diosa no castiga, no juzga. Que Diosa ama a todas las cosas. Que es madre nutriente. Que lo sustenta todo. Que eres tú misma.
Con el poder dentro de mí, los dogmas en mis adentros y el amor propio por todo lo alto, ¿por qué no voy a poder aprehender a amar de otra manera? ¿una que no me duela? ¿una que no me haga daño? ¿una que vibre en mí, que demuestre lo que soy: amor, amor, amor?
Puedo.
A mí ya no me engañan.
Me amo a mí misma por encima de todo, porque dentro de mí está el universo y, amándome a mí, amo todo lo que me rodea.
Y que no me vengan con el cuento de «lo que tiene que ser», «lo que está bien o lo que no».
Lo único que está bien (mejor te lo digo en mayúsculas para que te acuerdes): LO ÚNICO QUE ESTÁ BIEN ES LO QUE DECIDAS, AMÁNDOTE PROFUNDAMENTE, QUE ESTÁ BIEN PARA TI.
Cuesta aprehender a amar de verdad, sin dogmas ni prejuicios. Cuesta porque nos han configurado a modo de máquinas, de ordenadores, lo que es válido y lo que no. Pero nunca es tarde para hacer el «clic», para abrir los ojos y empezar a respetarse a una misma.
Nunca lo es, pero ya es hora.


