La mujer andaba en silencio, pues ese era el propósito de la marcha, del peregrinaje. Vestía una falda azul marino larga, con pliegues en los que se podían dislumbrar pequeñas serpientes enroscadas y espirales sagradas. La parte de arriba la conformaba una camiseta de tirantes finos, roja. En sus pies, unas sandalias que se ataban a sus piernas mediante unos cordones largos, con el fin de darles varias vueltas. Había salido de su casa hacía cuatro meses, un día claro por la mañana. Había soñado en el peregrinaje, en el camino que le traería, de nuevo, el equilibrio perdido en la gran ciudad. Había ido cantando las canciones que conocía y que le vibraban en el útero, las que habían sido escritas para la Diosa Madre, las cantaba a veces con una voz firme y segura y, otras, con un hilito que mostraba agotamiento, hambre, meditación. Una piedra y una rama de pino pequeñas le habían conformado sus instrumentos, pero el pisar en las hojas secas, los pájaros y el sonido de los riachuelos le ayudaban. Ahora no se atrevía a mirar atrás, pues aunque había soñado que una tenía que ser la primera, la que se atreviera, y que después la seguirían, sin cesar, miles y miles de mujeres más, sentía pánico al pensar que ella estaba dirigiendo cada paso, en el camino. Pero la realidad era la que era, y desde las pocas horas de haber empezado a caminar su voz ya no cantaba sola, sus instrumentos no eran los únicos que sonaban y sus pisadas se multiplicaban. Ahora, en cada pueblo, sus habitantes salían de las casas y les traían jarras con agua y frutos de sus tierras. Se les acercaban y andaban a su lado un rato, el que necesitaban para terminar de beber, para poder agradecerles el gesto sin necesidad de parar. En el camino no se hablaba, se cantaba. El objetivo nunca había sido expuesto en un libro, folleto o nota, pero todas las que se unían lo conocían. Todas las que se unían se conocían. En la cola había jóvenes, mujeres embarazadas o con niños en los brazos, amamantando, niñas que andaban al lado de sus madres, ancianas…
Estaban todas, representantes de cada linaje, liberándose de las cargas de sus ancestros y de las suyas propias, limpiando su árbol, conectándose con la divinidad, la madre de todas, la naturaleza, para poder continuar. Y si las hubieses mirado fijamente, una a una, en el rostro, hubieses leído las historias más bellas y más terroríficas de este mundo. Hubieras reído hasta tener agujetas y hubieras llorado hasta que el dolor de tus ojos no te lo hubiese permitido más.
Pues cada una de estas mujeres llevaba escrita en los surcos de su piel, en cada cicatriz, en cada gota de la sangre con la que iba regando la tierra, su propia historia vital. Y, fijándote bien, pero mirando no solamente como nos han enseñado a mirar, sino yendo un poco más allá, mirando con los ojos de adentro y sintiendo en tu matriz, podrías haber comprendido como ninguna se tejía en solitario, como todas estaban unidas por unos lazos, como eran una red.
Las que habían tenido experiencias más duras limpiaban el terreno para que la que andaba a su lado pudiera tener una vida más sencilla y agradable. Las que habían parido con un dolor insufrible habían sanado heridas para que sus hijas dieran a luz sin dolor. Así era, el cuadro lo dibujaban entre todas. Qué maravilloso hubiera sido si te hubieses dado cuenta, si te hubieras atrevido a mirar. Me han llegado voces de que ayer las vieron cerca de Italia, sí, ¡aún andan! Y cada día se les unen más.
