Mi cuerpo no es territorio de lucha. No habito en medio de dolor, del miedo, del sufrimiento… No. Habito en plenitud (o lo intento) un cuerpo femenino que, cada día, aprendo a respetar y a querer más.
Mi cuerpo no es territorio de lucha, aunque me quieran hacer creer que así es. Aunque descubra un buen día que esta sociedad pretende que, embarazada de más de 6 meses, tenga que guerrear para conseguir descansar lo que mi cuerpo/mente/alma necesitan, porque no está contemplada esta necesidad, en el sistema, porque te podrías llegar a poner de parto en tu puesto de trabajo, ya que es donde se supone que debes estar.
Mi cuerpo no es territorio de lucha y, aún así, aún cuando lo que me sale de los poros es habitarme con placer y gozo, tranquila, desde mi cueva en la que tengo que recoger grandes perlas de sabiduría antes del parto, las grandes perlas que me tiene reservado este gran rito de paso que es el embarazo, aún así tengo que mantenerme alerta y con medio cuerpo fuera, porque tengo que pelear para conseguir lo que me pertenece por derecho, por naturaleza, por hembra: tiempo para prepararme psíquica y emocionalmente, para el momento más importante de mi vida.
Mi cuerpo no es territorio de lucha y doy gracias a mis dos grandes acompañantes, mi matrona y mi ginecóloga, guardianas respetuosas y grandes mujeres conscientes, amorosas, buenas profesionales, que han comprendido sin necesidad de palabras vacías, mentiras, excusas, lo que necesito, y me han dado la mano para conseguirlo.
Mi cuerpo no es territorio de lucha y aún así me encuentro guerreando en una batalla que ya tendría que estar ganada, que no tendría ni que existir, porque ya es hora de que se comprendan las necesidades vitales de las mujeres, en cada período de su vida. Y no solamente que se comprendan socialmente, sino que se acepten con naturalidad, que se integren, que se modifique de una vez este sistema totalmente patriarcal en el que tanto la mujer menstruante como la gestante o la menopáusica tienen que luchar para defender sus derechos por naturaleza, por el simple hecho de SER lo que son y querer vivirse desde la consciencia. Que nunca más una mujer pueda decir o escribir la palabra «igualdad» sin saber que somos diferentes, y que pedir ser iguales y tener, por tanto, los mismos derechos y obligaciones que ellos es des-feminizarse, es habitarte desde la mentira, desde lo impuesto, desde el desconocimiento total. Es enfermar.
Mi cuerpo no es terriorio de lucha pero sí la sociedad en que habito. Por eso desde la adolescencia, el inicio del viaje cíclico, y en cada período de mi vida, voy encontrándome con baches y socabones que rodear, por eso me siento tan fuerte, porque ser mujer es algo desconocido para esta sociedad, y para no enfermar no me queda otra que sacar el hacha y abrir el paso entre la maleza que no me permite ser la que soy, de verdad. Ni que pidiera tanto, ¿verdad?
Mi cuerpo no es territorio de lucha y, aún así, me encuentro luchando con mi mente, la que me dice porque así se lo inculcaron desde la escuela: «Lo primero es la responsabilidad y las obligaciones» y me impide descansar como mi parte más salvaje sabe que necesito. Porque existe un campo dentro de cada una que fue cosechado para que fuésemos las adultas que sostendrán esta sociedad: las que obedecen, las que producen, las que accionan para el beneficio y no para el placer, las que sienten culpa, las que no cuestionan porque no saben quiénes son o qué necesitan o qué hay más allá de lo impuesto.
Mi cuerpo es territorio sagrado, dos corazones habitándolo y magia en cada rincón.
Mi cuerpo es terriorio de amor, de gozo, de orgasmo, de vida.
Mi cuerpo es territorio político, hoy más que nunca, porque lo que yo haga y cómo lo haga (como lo que tú) puede abrir un nuevo camino, una nueva forma de hacer. Y cada decisión tomada y ejecutada será llevada a cabo por amor a mí, a todas las mujeres que me precedieron (las que me sustentan) y a las que vendrán.
Porque NO ME DA LA GANA que mi hija, cuando transite lo que yo hoy, tenga que luchar lo que su madre ya ganó.
