Mírate el ombligo. Indudablemente, hay una pequeña depresión o cicatriz que ha quedado del desprendimiento de tu cordón umbilical, justo en el centro de tu cuerpo. Esta es una marca permanente, un recuerdo que te hace recordar tu Placenta, que fue crucial en tu desarrollo como embrión y feto. Sin embargo, en nuestra cultura moderna no pensamos en nuestros cordones umbilicales ni en nuestras Placentas. Hoy en día, casi todos los hospitales de occidente simplemente se deshacen de las Placentas de los bebés tirándolas como meros residuos médicos. ¿Cómo ha sido que la Placenta, algo fundamental para nuestra supervivencia y nuestro bienestar futuro, haya llegado a ser considerada basura?
Robin Lim
El pasado 11 de julio celebramos, en el bosque, la llegada de Lúa. Su padre y yo deseábamos hacer una fiesta bonita en plena naturaleza, para que la familia y amigos más cercanos la conocieran. La celebración fue lo más parecido posible a la forma en que nuestros ancestros de la Vieja Europa festejaban eventos de este tipo, fue una fiesta pagana. Y os confieso que para mí fue importantísima por muchas razones. La primera es que presentaba a mi pequeña, a mi amor, a las personas que conformarán su clan, y este hecho me parece maravilloso. La segunda es que, por primera vez en mi vida, me mostraría tal cual soy, sin obviar ni enmascarar nada, ya que decidimos que la ceremonia estaría dedicada a nuestra pequeña, por lo que no tendríamos en cuenta lo «raro» que pareciera hacer o decir ciertas cosas, porque para nosotros lo importante era hacerlo tal y como sentíamos, en honor a ella.
Y, de esta manera, acompañada de mi pareja, familia y amigos más cercanos, enterré la Placenta de mi niña, su hermana gemela según algunas tradiciones antiguas, en el centro de un corazón que simbolizaba el corazón de la Madre Tierra. Y lo hice delante de todos los asistentes. La mayoría no tenían ni idea de mi «forma de sentir» (para decirlo de alguna manera), ¡la mayoría no conocen ni esta Casa! (reconozco que no hablo casi nunca de mí y de mis cosas, a nos ser que se me pregunte).
Y abrí la bolsa que la contenía, y la cogí con todo el amor que me salió de dentro, que fue mucho, y ensangrentándome las manos me dirigí al agujero que un rato antes había hecho, en el centro del corazón. La deposité. Cerré los ojos y di las gracias.
GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS MADRE.
Gracias, Madre, porque he dado la vida y te entrego ahora lo que te pertenece, lo que tienes derecho a tener. Gracias, Madre, porque puedo hacerte ofrenda de vida, porque puedo sanarte mientras rocío tu tierra de lo que da la vida y la mantiene.
Lloré y os juro que fui feliz.
Fue el ritual más potente que he realizado jamás. Y sin darme cuenta cerré una puerta al puerperio, cerré una etapa para continuar andando, para continuar maternando a Lúa, pero desde otro lugar. Me sentí Madre, me sentí llena de amor.
La cuestión es que todos los asistentes se emocionaron, todos tuvieron lágrimas en los ojos en algún punto de la ceremonia, todos. Hasta los más tradicionales de la religión católica. Hasta los que no ven con buenos ojos tener hijos fuera del matrimonio. Todos. Y fueron clan, y protegieron el ritual y lo sostuvieron sin saber lo que hacían. Bailaron y agradecieron haber estado presentes. Y ahí fue cuando descubrí que las diferencias entre las personas desaparecen del todo cuando nos juntamos para hacer algo con AMOR. Tanta complicación para llegar a una conclusión tan simple, ¿verdad? 🙂
