No se nos ha enseñado a acompañar.
Acompañar, cuidado, no dirigir, no convencer, no aconsejar sin previa consulta, no juzgar. Acompañar. Sentarse en silencio, justo delante de la mujer que se siente perdida o cansada o triste, al mismo nivel, mirarla a los ojos y escuchar. Escuchar activamente lo que tiene que decirnos. Pero no a nosotras personalmente -esto lo tenemos que saber-, porque seguramente esta mujer tendrá palabras enquistadas desde hace años, siglos, en los surcos más recónditos de su piel, en su útero, ovarios, trompas, pechos, garganta. Palabras que hilarán historias que, muchas veces, ni ella misma comprenderá, porque el consciente es muy caprichoso y guarda las grandes leyendas en la oscuridad. Aun así, esta mujer necesitará liberarse de estas historias, necesitará nombrar a sus propios fantasmas para poder ser cada día algo más libre, porque la libertad de verdad, la del alma, ya sabemos que depende más de una misma que de los demás.
Y si cierro los ojos e intento pensar en las mujeres de mi vida, aquellas que me he ido encontrando a lo largo de mis 27 años, veo a muy pocas de ellas acompañándose, pero a bastantes más compitiendo entre sí.
Y no las culpo. Y no me culpo porque yo, un día, también fui así.
Y es que nos entrenan para ello. Compitiendo entre nosotras es muy fácil controlarnos, si no estamos unidas no hablamos de lo realmente importante, de lo que les da tanto miedo, del motivo por el que tantas mujeres ardieron en las plazas de los pueblos, no hace tanto tiempo.
Si estamos más ocupadas en compararnos el trasero y el escote no tendremos tiempo de mirarnos a los ojos y conectar.
Fragmentándonos redujeron nuestro poder. No es tan difícil de comprobar.
Y digo que no sé si se nos ha enseñado a acompañar porque antes, las mujeres, vivían sus grandes ritos de paso juntas, en comunidad, y ahora los vivimos solas y malinformadas. Si tenemos una duda sobre nuestro propio cuerpo acudimos a alguien, casi siempre con bata blanca, que nos creemos sin cuestionar, porque si él/ella no tiene razón, ¿Quién la tendrá?
Y si algo he aprendido en esta última etapa de mi vida, en el embarazo de Lúa, es la importancia de sabernos acompañar adecuadamente. La importancia de ser comadres las unas de las otras y comadrear siempre que podamos. Y es que he tenido grandes mujeres a mi lado comadreando, mujeres que me han acompañado con respeto y amor, mujeres gracias a las cuales no me he partido en dos cuando mi niña no se cogía a la teta pero lloraba de hambre, cuando mis sombras puérperas inundaban la habitación y me creía morir, mujeres que han hablado poco pero han escuchado mucho más.
Encuentra un hueco en tu agitada y organizada vida, mujer, y comadrea. Llama a tus amigas, conocidas, a la vecina, a tu madre, a tu tía, a esa compañera de clase que siempre saludas pero no conoces dónde vive o dónde nació. Y comadrea con ella. Siéntate en un lugar que sientas seguro, delante de ella y mírale a los ojos. ¿Qué pasará? ¿De qué hablará? ¿Lo hará, seguro, o se creará un silencio molesto?
Pruébalo.
Verás.
Verás como dejando espacio para la palabra de corazón, se generará medicina para el alma. Para el útero. Para lo más profundo.
Y en un mundo lleno de pequeños espacios medicina, en un mundo sin mujeres solas tragándose sus palabras, en un mundo en el que comadrear sea algo habitual, normal, ¿habrá espacio para destruirnos mediante la competición, la envidia o la indiferencia?
