Skip to content

La muerte de la que éramos

Cuando te conviertes en madre, muchas cosas cambian. Y digo muchas cuando, por dentro, estoy pensando que en realidad cambian todas. Cambias tú, que ya no eres «Laia»,o «Laura», o «Anabel»… Tú ya no eres tú, pues la identidad que habías forjado hasta entonces murió en el parto, se desprendió de ti a base de contracciones y de dolores, a veces más fuertes que otras, dependiendo de lo que te resistieras a dejar morirte, a soltar, y a dejar paso a la nueva mujer-madre. Muere la que eras y nace la que eres y serás, durante mucho tiempo. De mujer a mujer-madre. De doncella a madre. De tú a tú y el bebé. Y los primeros meses lo sientes así, de manera muy fuerte, y te indignas y preguntas por qué nadie habla nunca de ello, por qué no se explica en ningún sitio algo tan importante, algo para lo que se necesita una preparación previa. Y sí, es cierto que hasta que no lo vives no lo integras y vivencias, pero cambia mucho el cómo afrontamos situaciones cuando alguien antes nos ha acompañado conscientemente, y nos ha esbozado suavemente cuál será el camino en el que nos encontraremos.


Con la muerte de la que éramos, nos encontramos en el panorama de una nueva familia. Antes éramos dos. Nos conocíamos, o eso parecía. Nos compenetrábamos, o eso parecía. Nos entendíamos bien, o eso parecía. Pero ahora las reglas del juego anterior ya no nos sirven, ya no valen. Y pasa que como no se nos explica la parte más sombría de la maternidad reciente, como nadie viene a decirnos que la cuna tendrá pinchos hasta los 9 o 10 meses del bebé (o más), y que mientras tanto éste deseará solamente dormirse en los brazos maternos; que la teta no es cada dos o tres horas sino cada 15 minutos y, con suerte, media hora, durante muchas semanas (que para algunas madres parecen años); que sin ayuda externa la lactancia no puede establecerse, y así un largo etcétera… Muchas mujeres transitan esta etapa de su vida, llamada puerperio, sufriendo muchísimo.


Si, además, juntamos los ingredientes anteriores con la pésima gestión emocional que muchos adultos arrastramos, pues tampoco nunca nadie ha venido a enseñarnos a manejarnos en nuestras sombras, y sumamos a esta receta la incapacidad de nombrar lo que nos sucede, lo que sentimos, y a pedirlo explícitamente al hombre que tenemos al lado (ahora mucho más desconocido que antes, pues la paternidad también despierta su sombra, unos fantasmas que hasta este momento no habíamos visto), el resultado es, como comprenderás, bastante indigesto.


Y es que la maternidad es un camino de conocimiento tan profundo, tan sombrío, tan puro y crudo, que yo lo asemejo al trabajo espiritual intenso. Además, creo que si en todas las culturas del mundo siempre han sido las mujeres las que han acompañado los nacimientos y las muertes, los grandes portales, no es coincidencia, es porque la naturaleza del ciclo vida-muerte-vida y nuestra propia experiencia personal en la maternidad nos preparan como expertas en atravesar puertas sin luz, en aprehender a mirar con los ojos del sentir más profundo, eso que tanto se nos niega.


Pero ahora somos mamás recientes, mamás de bebés, ¡y nos planteamos tantas cosas! Yo me encuentro transitando este camino, justo ahora, y no creo que esté preparada para darte consejos, para decirte qué es lo mejor o lo peor, pues a estas alturas ya sabes que lo mejor para una no tiene por qué serlo para todas, pero sí que me atrevo a esbozarte algunos puntos que pueden aliviarte el tránsito.


Lo primero que he aprendido, lo que más me ayuda, es saber que el desarrollo y el estado emocional de mí bebé, depende de mí. Sé que a algunas mujeres esto les puede parecer una gran responsabilidad, tan grande que sienten ansiedad en lugar de alivio. En cambio a mí, saber soy yo la que marca el pulso de su estar y de su sentir, me da mucha fuerza y me reconforta, porque lo que yo siento y cómo vivo, lo decido yo. Yo decido, al fin y al cabo, por más que me pese o me cueste reconocer, sentirme cómo me siento. Y, por tanto, está en mi mano que mi bebé sienta más emociones en positivo, y no de otra persona.


Además, a mi bebé y a mí no nos puede suceder nada malo. ¿Por qué no? Porque estamos juntas. Porque ella, lo único que necesita es a mí: mi mirada, atención, cuidado, disponibilidad, cuerpo. Yo, como he dicho antes, decido cómo vivir lo que sucede a mi alrededor y, por tanto, yo decido qué es o no es conveniente para nosotras.


Somos un pack. Sí, el papá es una pieza sin la cual no podríamos haber establecido la fusión, sin el que no habríamos podido lactar, sin el que no podríamos estar juntas todo el día y toda la noche, pero ella y yo somos un pack. Y yo no necesito nada más para sentir felicidad. Ni ella. Porque por primera vez en mi vida ser madre me ha enseñado que tengo todo lo que necesito, y necesito todo lo que tengo. Lo que pueda estar sucediendo a nuestro alrededor será algo de afuera, pero ya no seré permeable a ello.