Para criar a un bebé, a un ser en desarrollo, se necesita una tribu.
¿Cómo voy a poder acompañar al descubrimiento del mundo, a la exploración libre, a una persona sin creencias introyectadas, sin limitaciones, cuando yo las tengo?
¿Cómo voy a acompañar respetuosamente a un ser que tiene intactas sus máximas potencialidades, sus dones, cuando yo sigo buscando día a día los míos? ¿Cuándo los adultos que tiene a su alrededor son personas hechas por el sistema, coartadas por las enseñanzas obligatorias y por las obligaciones que se devienen imprescindibles en la vida adulta, en esta sociedad patriarcal?
¿Cómo voy a acompañar el desarrollo de la libertad de un ser que nació libre, en una sociedad que no desea seres libres? ¿Cómo?
Y hay algunas noches en que me cuesta dormir.
Sí, porque para criar a un bebé sano, libre, una persona adulta conectada con su Verdad interior, con su Ser esencial, tendríamos que ser antes nosotros, madres y padres, familiares, maestros, todos, seres libres, ¿no? ¿No es con el ejemplo que un bebé aprende y se desarrolla?
Si cierro los ojos puedo ver esas comunidades en las que se llevaba a cabo lo que yo llamo «crianza ancestral», el acompañamiento al crecimiento de un ser desde el respeto, desde la libertad, desde el amor. Veo pueblos con mujeres de todas las edades, con hombres. Y veo a los bebés, a los niños, a los adolescentes, jugar entre las piernas de los adultos, ir de un lugar a otro y encontrar calidez en cada rincón. Escuchar a las mujeres sabias, las de avanzada edad, hablar, y aprender de ellas. Escuchar a las más jóvenes, y aprender. Escuchar a los hombres, y aprender. Veo a personitas creciendo y desarrollándose a través de los discursos de personas de diversas edades, de diversas experiencias, de diversas formas de entender lo que les rodea.
Crearse el propio pensamiento, desarrollar los recursos necesarios para ser personas críticas, personas llenas, a través de muchos ojos, de muchas energías.
Algo que ahora, aquí, en la gran ciudad, parece una utopía.
Mi niña crecerá y se desarrollará viendo el mundo desde mis ojos, desde los de su papá. Y así aprenderá ella a leer las verdades de esta tierra. Y así aprenderá ella a leerse a sí misma.
Pero, ¿conociendo solamente una verdad, dos, se generan personas libres? ¿El hecho de criar a un bebé en la soledad de la familia nuclear, la estructura asimilada y aceptada en nuestra sociedad occidental, no es en sí una forma de coartar la libertad más originaria?
¿No estamos profanando lo más sagrado que tenemos como seres que nacemos libres, cuando privamos a las nuevas generaciones del tejido amoroso y el sostén diverso de una comunidad?
¿Enseñarle a mi hija que su cuerpo es cíclico, que está conectado a la naturaleza, a la fuerza de la madre luna, será suficiente? ¿No nos estamos olvidando de algo aún más esencial?
En estos 13 meses de vida extrauterina de mi cría he aprendido, y quizá no estés de acuerdo conmigo, que la familia, tal y como la entendemos actualmente, es la violencia más potente que sufrimos, y también una de las más sutiles.
Criar en soledad, tú, yo, ¡cómo hemos podido tener tanto ego para creer en algún punto de nuestras vidas, que éramos suficientes! ¡Cómo pudimos pensar que dos adultos en búsqueda de su verdad interior podrían criar a un ser que nace conectado con el cosmos, a un ser que nace puro, sagrado, sabio! ¿Cómo lo pudimos creer? Ahora pienso en ello y no lo comprendo. No puedo.
Ella mira una rama de árbol que ha caído, y ve en ella mil cosas diferentes. ¡Y no tiene límites! Ella es una maestra tan grande, que no nos queda otra opción que observarla, cuidarla con todo el amor del que disponemos (que no nos engañemos, nunca es suficiente) y tratar de aprender un poco.
Y cada día lo hago. Desde que soy madre cada día aprendo algo nuevo.
Y la vida es sagrada, tanto, tanto que incluso dos adultos que aún tratan de encontrarse engendran a un bebé-universo, un ser que tiene el cielo dentro, la tierra, todo, y que ama la vida con tanta fuerza, que nos ama tan incondicionalmente, que siempre tendremos la sensación de no ser suficientes para ella, de no haber podido acompañarla como se merece, de no llegarle ni a la suela de los zapatos.
Bebé-sol-luna-estrellas. Bebé-amor. Bebé-todo.
