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Una poesía que nos cure

«Cuatro ángeles
tiene mi cama.
Cuatro ángeles
que me la guardan.

Cuatro ángeles
mi mesa tiene.
Cuatro ángeles
que la abastecen.

Cuatro ángeles
tiene mi arado,
cuatro ángeles
para el trabajo.

Cuatro ángeles
el carro que me lleva.
Cuatro ángeles
para mover las ruedas.

Pero un sólo ángel
tiene mi espíritu;
un sólo ángel:
el más antiguo.»

«Oración de los cuatro ángeles y el de la Guarda», Eugenio d’Ors.

 

Siempre me ha gustado la poesía. Recuerdo el primer contacto real que tuve con ella, cuando la descubrí. Estaba en el instituto y el profesor de literatura catalana era maravilloso. Nos recitaba poesías y nos leía textos clásicos con tanto amor, que se le humedecían los ojos y su voz se quebraba, algunas veces, antes de terminar. Me enamoró. Esperaba sus clases con anhelo y, poco a poco, fue despertando en mí unas ansias enormes por continuar leyendo y explorando a los autores que nos proponía. Y estos autores me llevaron a otros, y a otros… Y se me pasaban las horas de la tarde y de la noche leyendo poesías y emocionándome, sintiéndome viva.

No sé si este profesor supo nunca que había despertado la semilla en mí del amor a la palabra pero algún día, si lo veo, si casualmente me lo encuentro, se lo contaré. Tiene que ser bello saberlo.

Antes de ser madre era frecuente en mí ir a recitales de poesía en la ciudad y comprar libros y libros en las librerías. Fue una época muy emocional, muy intensa.

Y, ahora, ya siendo madre, ya en otra etapa diferente, la poesía vuelve a mí con la fuerza de los inicios.

Hace un par de semanas Lúa llegó hasta la estantería de mis libros de poesía. Y cogió… Nunca nada es casualidad, un tesoro. Un libro pequeñito y lleno de polvo, que un día fue amarillo y que hoy es marrón (pues se fue conmigo a Burkina Faso y estuvo entre tierra y niños). Cogió «El romancero gitano», de Federico García Lorca.

Me lo trajo y me dijo: «¡Mira, mamá!», como si me estuviera mostrando algo que yo antes nunca hubiera visto. Y en parte era verdad, pues con los ojos del ahora, con la mirada nueva tras todo lo vivido estos últimos años, era la primera vez que leería el libro.

Lo abrí.

-«Siéntate aquí, conmigo, y te lo leo. ¿Quieres?».

-«¡Sí!».

Aquí empezó, realmente, todo.

Le leí y le canté (es lo que tiene el Romancero, que empiezas leyéndolo y acabas cantándolo sin darte cuenta, pues es puro arte y, aún pensando que tú no tienes, te lo descubre).

 

«La luna vino a su fragua

con su polisón de nardos.

El niño la mira, mira

El niño la está mirando.»

F. G. Lorca

 

Le entusiasmaba. Quizá porque a mí me entusiasmaba, no lo sé, pero el hecho es que estuvo días cantando: «El niño la mira, mira… El niño la está mirando», mientras cogía un peluche de la luna o la miraba por la noche. Pero no todas las poesías de este libro, ni mucho menos, considero adecuadas para una niña tan pequeña, y necesité ir a la estantería de nuevo para mirar uno a uno los libros e ir leyéndole las que creía que le armonizarían.

Desde aquél día decidí coger una de mis libretas especiales (son libretas con cubiertas preciosas, que voy comprando cuando las encuentro, normalmente sin buscarlas, y que guardo a la espera de necesitar una de ellas para algún fin especial) y empezarla. Iría escribiendo en ella todas las poesías que me parecen adecuadas para ella, ahora, para ir recitándole, para tenerlas juntas a modo de compilación, para después poder entregársela.  Además, la idea inicial era escribir notas entre las poesías explicando para cuándo, para qué momento me parecía adecuada cada una de ellas, de manera que podíamos empezar una nueva y bonita rutina en la que, antes de ciertos momentos-ritual como el de la Luna Llena, el de irnos a la cama o el de ponernos a pintar, le podría recitar algo.

Y así hice.

Y es que las palabras curan, el arte cura y la poesía es medicina. Y es muy posible que nuestros hijos lo descubran a lo largo de su vida, pero también es cierto que, si les acompañamos amorosamente en este despertar al arte, a la creatividad, les seguimos enseñando algo que existe realmente porque perdura en el tiempo, que es valioso porque es la expresión auténtica de un Ser, que es trascendente. Les enseñamos, por tanto, lo lícito y lo Sagrado del afán de trascender. Y desde ahí es más fácil hilar las riendas que nos lleven hacia el desarrollo de una espiritualidad plena, que permita que estos niños sean adultos enraizados en la tierra pero sin límites, al mismo tiempo, y por ese mismo motivo (pues si no estamos enraizados, necesitaremos unos límites más estrechos para no perdernos y poder vivir).

La poesía de los ángeles de la guarda (puedes leerla encima del texto) nos entusiasma antes de ir a dormir, pues ofrece una energía de recogimiento, paz, tranquilidad y seguridad enormes, y genera un espacio ideal para rendirnos al sueño, con amor.

Pero hay muchas, muchas más…

 

Mariposa del aire,

qué hermosa eres,

mariposa del aire

dorada y verde.

Luz del candil,

mariposa del aire,

¡quédate ahí, ahí!…

No te quieres parar,

pararte no quieres.

Mariposa del aire,

dorada y verde.

Luz del candil,

mariposa del aire,

¡quédate ahí, ahí!…

¡Quédate ahí!

Mariposa, ¿estás ahí?»

F. G. Lorca

 

«El naranjito del huerto,

cuando te acercas a él,

se desprende de sus flores

y te las echa a los pies.

Toma, niña, esta naranja,

que la cogí de mi huerto.

No la partas con cuchillo

que va mi corazón dentro.»

Anónimo.

 

Lo que te propongo va más allá del leer estas u otras poesías que te encandilen, es algo más especial. Te propongo leerle a tu hij@ una poesía especial para ti (y apta para la niñez) y mirarle a los ojos mientras recitas. Te propongo bucear en sus ojos e intentar sentir cómo resuenan esas palabras, esos ritmos, en su cuerpecito físico, en su cuerpo emocional, en su cuerpo espiritual para, de esta forma, acercarte a su sentir a través del arte de la palabra que sana. Puedes tomarlo como excusa para acercarte como nunca antes a su mundo interior, a su máxima oscuridad, o puedes tomarlo como un momento de relajación e intimidad que sólo tendrá junto a ti. Esto depende de ti.

Si la palabra sana, ¿por qué no empezar desde ya a abrir la puerta que os lleve a la armonía interior, juntos, a través de la poesía? Y cuando descubras qué rimas le tranquilizan, qué rimas le alegran, qué rimas le consuelan, qué rimas le emocionan más… Cuando descubras cómo armonizarle y armonizarte a través de las palabras, una poesía que nos sana, habrás descubierto una de las medicinas más antiguas de este mundo.