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Los úteros que laten al unísono

¿Crees que habría cambiado algo en ti – en la forma de relacionarte con tu propio cuerpo, en la iniciación a la sexualidad, en la forma de presentarte ante el mundo, etc- si alguien, cuando tenías 8-9 años, te hubiese hablado de la menstruación, de forma amorosa?


¿Te acuerdas del día en que descubriste esa mancha roja en tus braguitas? ¿Fuiste tú misma o fue una tercera persona? ¿Te sentiste avergonzada o poderosa?


Si cierro los ojos puedo ver el mundo cubierto de círculos de madres e hijas, de tías y sobrinas, de amigas dándose las manos y explicándose, con amor del bueno, lo que significa la sangre. Veo a madres que vivieron su menstruación como algo sucio y pecaminoso con lágrimas en los ojos, superándose a sí mismas, hablando a sus hijas de la bendición de ser cíclicas, de lo bienvenidas que son a la hermandad de las mujeres. Veo a niñas coloreadas por la vergüenza de tener que hablar del tema tabú como, poco a poco, van recuperando su tez natural y van abriendo los ojos, porque esto que les están explicando es algo asombroso, y resuena tanto en ellas, que no dejan de sonreír. Veo risas y llantos, abrazos, susurros, baile, sudor, sangre derramándose de los úteros que laten al unísono y que reclaman el poder de menstruar con placer.


Y mi visión no es una utopía, no lo será si tú y yo, mujeres sangrantes, damos la mano a nuestras niñas y las acompañamos en el camino de vuelta a su poder de mujer.


El día que las mujeres no se avergüencen de la primera sangre, no desconozcan su cuerpo de mujer, ese día habremos borrado del insconsciente femenino colectivo una de las heridas más profundas.


¿Cómo sería un mundo lleno de mujeres conscientes de su ciclicidad? Mujeres capaces de agendar en cíclico, mujeres capaces de activar todos los arquetipos en ellas, conscientes de que la parte oscura que vive en ellas mismas no es «mala», ni «buena», porque «malo» y «bueno» no existe, sino que ES y, como tal, las conforma a ellas plenas, enteras, sagradas en sí mismas. Un mundo lleno de mujeres despiertas, conocedoras de las energías del ciclo vida-muerte-vida. Mujeres que, al saber que dios no está fuera de ellas, sino que ellas son sus propias diosas, y que no hay dogmas, no ponen los procesos naturales de sus vidas en manos de terceros para que las duerman y las traten como a niñas, sino que deciden vivir sus vidas bien despiertas, cogiendo las dos riendas, respirando cuando creen que no van a poder continuar, y abrazándose para darse fuerzas.


Quiero ver a las niñas con sus faldas de seda largas, de colores, con coronas de flores, felices, cantando y bailando porque la Luna ya se les ha mostrado como abuela, porque son hijas de la naturaleza cambiante y pueden dar la vida. Porque son brujas. Y deseo que sus madres les acompañen, les tiendan el puente.


Y sí, es verdad que para poder acompañar a nuestras niñas antes tenemos que recorrerlo nosotras, ya que nunca nadie nos dibujó el camino de pétalos rojos. ¡Pero tenemos que andarlo ya!  Solamente es empezar. Hacerlo por una misma es hacerlo por todas las mujeres porque, recuerda: Todas somos una.


Un día fui niña
jugaba sin tiempo, sin ciclos, sin lunas.
mi vida era el sol, su luz, su calor.
Su ritmo exacto, el tic-tac del reloj.
las estaciones de la primavera al invierno, el día y la noche.

Pero una noche recibí un regalo.
Me acosté niña y desperté mujer
y entonces la abuelita luna comenzó a ser mi guía.

Mis tiempos cambiaron, de pronto comencé a ciclar
y en un eterno espiral no paré de repetir este ritual.

En luna creciente quería correr mariposas,
quería volar como una paloma,
inventar historias mirando estrellas y ser una niña eterna.

Con la luna llena un hormigueo tomaba mi vientre,
sentía mariposas en la panza y fantaseaba sentirme amada y cuidada,
cualquier roce me dejaba loca y mi emoción era tan grande que no la podía controlar.

Luego llegaba la luna menguante y algunas cosas me comenzaban a irritar,
a veces me sentía muy triste, tenía rabia pero no sabía a quien culpar,
era tiempo de soltar como en el otoño, pero como yo no lo entendía, por ello sufría.

Y finalmente llegaba la luna nueva,
y sentia un sueño profundo que me invitaba a descansar
a ausentarme por unos dias,
oscurecerme y desaparecer,
para despúes de cuatro días, volver y resucitar.

Eran días de muerte y renovación,
de sombras y, a veces, depresión.

Pero, por suerte, todo pasaba, era cuestión de respetar y saber esperar,
pues al retornar la luna en su danza infinita, todo volvía a empezar.

Poesía de © Juliaro