Anoche tuve un sueño:
Andaba perdida por una gran pradera y estaba más ocupada en encontrar un camino que me llevara a algún lugar conocido que en disfrutar de la exuberante belleza que me rodeaba. De repente me topé con una viejecita, cubierta de pieles, removiendo un brebaje frente a una hoguera. Con un gesto de su cabeza me invitó a sentarme y así lo hice.
-Tú no me reconoces- me dijo -Pero yo a ti, sí. Soy tu tataratataratataratatarabuela, tú eres nieta de la nieta, de la nieta, de la nieta de mi nieta.
Y como si siempre nos hubiéramos conocido hablamos de lo humano y lo divino, hablamos, entre susurros, de cosas de mujeres.
Ella me contó de sus ritos, de su tribu, de purificaciones, de bailes, de goce, de placer, sus miedos y sus alegrías. Luego me preguntó por nosotras, sus nietas, las que vivimos en un tiempo tan lejano, me pidió que le contara cómo vivíamos. Yo le conté, le conté los avances de la humanidad, le hablé de médicos, de epidurales, de cesáreas, de leche artificial, de cunas, de métodos para dormir a los niños, le conté cuántas cosas tenemos y cuántas vidas salvan.
Ella lloró en silencio y me dijo:
-Y a pesar de todo lo que tenéis no sois felices, os han matado el instinto.
De repente me desperté y recordé que tenía que escribir este texto que se me atragantaba.
Durante millones de años las mujeres hemos parido, amamantado y criado sin necesidad de manuales, pero desde hace ya varias generaciones, con la llegada del mal llamado progreso hemos perdido esa sabiduría ancestral, sí, nos han matado o dormido el instinto. Con los avances en medicina: Cesáreas, epidural, monitorización fetal, oxitocina artificial, etc… Hemos dejado de parir conscientemente y hemos empezado a hacerlo como si de una cadena de montaje se tratara, desconectadas de nosotras mismas y de nuestros hijos, dejando una de las vivencias cumbres de nuestra vida en manos de los demás. Hemos dejado de disfrutar pariendo y de recibir a nuestros hijos en un ambiente respetuoso, cálido y amoroso. Con la aparición de la leche artificial y la incorporación de la mujer al trabajo hemos dejado de amamantar, hemos olvidado cómo se hace, nuestras abuelas ya no se acuerdan, nuestras madres menos.
¿Cómo es posible que algo que ha existido durante millones de años y ha ido pasando de generación en generación se haya olvidado tan rápido?
¿Cómo es posible que haya tantas mujeres «que no tienen leche» o que su «leche no alimenta»? Si así fuera la humanidad se hubiera extinguido hace millones de años.
La sociedad nos obliga a criar hijos desde el desapego, para que sean independientes, desde la sumisión para que cuando sean adultos sepan obedecer y seguir la cadena…Creo firmemente que en el despertar del instinto está una de las claves de la felicidad, que es muy necesario que nos conectemos y nos escuchemos a nosotras mismas, que nos dejemos fluir, que gocemos con esos instintos primarios que llevamos dentro y dejemos de reprimirlos. Creo que es una de las claves del cambio de esta sociedad, sociedad de ritmo vertiginoso e infeliz, de prisas, de números, de soledad. Creo que el nacimiento y la infancia son la base de la edad adulta y que si somos capaces de traer niños al mundo y criarlos de forma feliz serán adultos capaces de generar un cambio, a mi parecer muy necesario.
¡Es la hora de despertar!
Autora: Marta Gual.
