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Crianza ancestral: El anclaje profundo

Si no fuera por las raíces que me anclan a esta Tierra Madre, no sé si estaría aún aquí, en este momento y en esta vida. No sé si habría sido capaz, y te lo digo de verdad.

Veo a mi alrededor, a menudo, a personas viviendo felices teniendo muy poco, y a personas siendo tremendamente infelices teniéndolo, en apariencia, todo. ¿Qué contradicciones, verdad? Y es que las razones del alma hay que aprender a descifrarlas. Y es que no significa nada. Lo vi en África. Lo sentí. Sentirse rico o pobre nada tiene que ver con el dinero que se tiene en una cuenta corriente, o debajo de un colchón. Es algo muy diferente.

Y esto que yo visualizo como unas grandes raíces que salen de mi vientre y se acomodan en la Tierra profunda y húmeda, esto que me ha mantenido aquí aún cuando mi razón, en los años de adolescencia y primera juventud, se entestaba en preguntarse el por qué de la vida en esta sociedad y del sentido de todo en este mundo de cartón, esto, es un anclaje muy profundo.

Escribía hace unos dias en el facebook algo que me llenó el corazón, compartí una frase de Mardía, una mujer sufí a la que estoy leyendo con pasión. Ella decía que los niños tienen que aprender el sentido de la vida, antes que a leer y a escribir, ¡y yo vibré tanto, tanto, con esta afirmación! Tanto que se ha convertido en mi respuesta a las múltiples preguntas que recibo, frecuentemente, del por qué Lúa no va a una guardería. «Mire, señora, es que creo que mi hija merece conocer el sentido de la vida antes que a leer y a escribir, es que creo que el sentido de la vida se aprende desde el gozo materno, desde el placer del cuerpo-cuerpo, del piel con piel, desde la teta que la cobija y consuela y alimenta cuando lo necesita. Sí, señora, porque soy profundamente imperfecta, porque tengo tantas taras, tantas… Que van a convertirse en fortalezas de mi hija. ¿Quién soy yo para privarla de todo esto? ¿Quién? ¿Y quién se cree que es usted para preguntar?».


El sentido de la vida. El sentido de estar viva. El sentido de vibrar con cada hoja que se cae de los árboles y de comprender que el viento sopla porque tiene que soplar. Que la lluvia cae y moja porque lo necesitamos. Que todo lo que vive antes era Tierra y tiene que volver a ella, algún día. La belleza de lo efímero que no es más que la belleza del vivir, del ser humano y de todo lo que es sostenido por esta maravilla de planeta. Y el anclaje. Las raíces que me nacen y me crecen y se agarran fuerte a la Madre, ese anclaje que sólo puede transmitir una madre.


Y yo creo que mi madre, aunque pasó largas horas trabajando diariamente fuera de casa, aunque no estuvo todo lo que mi alma necesitaba, me ancló fuerte, lo hizo aunque quizá ella aún lo esté dudando. Lo hizo porque , ¿de dónde me nacieron si no de ella? ¿Si mi vientre es su vientre, y salí de ella, y estuve conectada a ella irremediablemente y con tanta fuerza que nunca, nunca, por más horas que estuviera lejos de mí, sentí que se me perdía? ¿De dónde sino de ella? Dime, ¿de dónde?


Y aunque sí, aunque de adulta me deconstruí y reconstruí mil veces y en ello sigo, yo no termino de caerme nunca. Siempre encuentro un charco que me guarda el golpe, tierra mojada, un jardín de flores. Gracias. No sé si antes las había dado. Gracias. Gracias madre, gracias madre de mi madre y madre de la madre de la mía. Gracias linaje de mujeres que tejísteis con dolor y amor la red que me sostiene. La que sostendrá a mi hija. Gracias.


Y aquí sigo. Viva, más viva que nunca desde que mi cuerpo dio la vida a otro cuerpo. Más viva que nunca desde que sentí la muerte abriéndome para ofrecer la Vida.