¿De verdad nos preocupamos por el curso perdido? ¿Por las materias no explicadas? ¿Por los conocimientos no adquiridos?

¿Quiénes somos nosotros para decidir qué aprendizajes son los más adecuados, para los niños? ¿Y quiénes nos hemos creído ser hasta ahora?

¿Aún no hemos aprendido que la sensación de control es una ilusión, una mentira? ¿Aún no nos hemos despertado del sueño de creer ser los dueños de este mundo?

Podemos haber montado la infraestructura más sólida, potente y moderna de la Tierra. Podemos creernos, por ello, invencibles. Pero si el mar decide acabar con ella, acabará.

¿No nos paramos a pensar que este, de hecho, es el GRAN aprendizaje? ¿Y no nos damos cuenta de que la situación no esperada es un libro completo que ofrece a adultos y niños, esta Verdad?

Podemos seguir creyendo que lo importante es que acaben el curso conociendo todos los animales de la sabana africana, o podemos abrir los ojos del corazón para darnos cuenta que no hay mayor aprendizaje que la propia vida y la manera de enfocar y vivir las experiencias que nos encontramos.

El foco no tendría que estar puesto en el curriculum, en los objetivos.

El foco es la familia. Los espacios diarios que creamos en el hogar, con nuestros hijos. Nuestras palabras, reacciones y acciones, en este momento de crisis general.

Dejarles momentos de no hacer. De silencio. De reflexión. De admiración. De ensoñación. De creación interior. De descanso.

Dejarles momentos para Ser, así en mayúscula, para habitarse el cuerpo y el alma y permitirles quedarse toda la tarde mirando el cielo si lo necesitan, o escribiendo, o pintando, o cantando, o…

Este punto de inflexión, de la historia de la humanidad, nos marcará dos caminos. El de seguir siendo un rebaño que no se escucha, que no se siente, que solamente sigue… O el de Ser uno mismo. Y si ahora no les dejamos no hacer, no les permitimos el arte de la reflexión profunda, del sentirse plenamente, cada uno a su manera, les va a resultar más difícil encontrar lo que el mundo va a requerir, en su momento.

Abandonemos nuestras obsesiones absurdas de tener que ocuparles el tiempo, de tener que llenarles de tareas y de llegar a objetivos, y permitamos que se abran a lo que son, para que puedan ofrecer, el día de mañana, su don a este mundo.

Los necesitamos salvajes, libres, enteros, seguros y amorosos. Los necesitamos conectados con sus entrañas. Paremos de intervenir por miedos adquiridos de otras generaciones, pues este mundo cambia sin cesar, y lo que antes tenía que ser temido hoy puede ser la mayor bendición.

Los necesitamos salvajes, libres, enteros, seguros y amorosos.

Confiemos en el universo que llevan dentro.

Los necesitamos salvajes

4 comentarios

  • Emoticono de aplausos (como no lo puedo poner, te lo escribo). No puedo estar más de acuerdo!
    Me horroriza la cantidad de expectativas que se ponen sobre los niños para que en el futuro hagan/consigan esto y lo otro. O sin ir al futuro, para que en el propio presente aprendan esto, hagan lo otro, etc… ¿Pero quién somos nosotros para decidir interrumpir su infancia con nuestras expectativas y convertirles en viejos desde ya? ¿Quiénes somos para guiar su imaginación, sus pensamientos, su cabeza o sus movimientos por el sendero que nosotros consideramos correcto? Dejémosles ser niños, dejémosles vivir. Sin llenarles de cosas, de estímulos, de ideas, de ruido…
    Me ha encantado el post. Sin palabras.
    Un abrazo.
    Ana

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    • Laia

      20 de mayo de 2020 a las 22:24

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      Muchas gracias, Ana, por tus aplausos :). Me emociona mucho leer que sientes como yo, que somos más personas las que tenemos este parecer. Es muy bello lanzar mensajes en una botella (es un poco la sensación que tengo cuando escribo un post) y recibir respuestas. Me gusta también conocer tu nombre, pues hace semanas que interactuamos en instagram y no lo conocía. Un fuerte abrazo!!!

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  • lola garcía andreu

    20 de mayo de 2020 a las 0:30

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    Hola guapa, te sigo hace tiempo y hasta ahora no te había escrito nada, pero justo este articulo que publicas me ha tocado en este momento. Tengo un niño de casi 11 años que lleva en casa conmigo desde el 15 de marzo, hemos salido poquito y suerte que vivimos en una casa con terreno y podemos salir fuera al sol y el jardin. Su padre trabaja y viene a comer y cenamos juntos, aunque la mayor parte del día, mi hijo está solo conmigo. Yo siempre he sido de la opinión de dejarlos hacer, no obligar a nada, no poner limites, pero ahora me encuentro que solo quiere pantallas, jugar a fornite y otros juegos de ordenador, hace sus deberes…que son pocas horas al dia…pero si no intervengo, se puede estar sentado delante de una pantalla, hasta 7 u 8 horas, y me parece una barbaridad…..realmente creo que hay algo que no hemos hecho bien….me siento sin saber que hacer….no se si debo dejar que haga lo que le gusta ahora….o poner limites, que es lo que estoy haciendo, discutiendo y negociando con el todos las horas del dia….
    En fin, no se si me podrás contestar, pero al menos he podido explicarlo por escrito, gracias por tus artículos, siempre llegan en el momento justo.
    Espero que estes bien. Un beso.
    Lola

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    • Laia

      20 de mayo de 2020 a las 22:34

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      Hola Lola, en primer lugar muchas gracias por tu mensaje y por compartir tu experiencia. Te voy a escribir bajo mi parecer, mi punto de vista y mi sentir, en ningún caso tiene que ser lo correcto para todos, ni la fórmula que funcione en todas las familias, ya que cada ser es único y complejo en sí mismo. Te cuento: la libertad no puede existir sin límites. Los límites son la base de la libertad. Las personas necesitamos límites para poder vivir y, es más, sin límites un niño se carga de una responsabilidad que no le pertoca y, por tanto, el adulto para dejarle ser niño tiene que ponérselos. En el útero, cuando somos un feto, tenemos un límite, sino no vivimos. Pero aquí en la Tierra también los hay. Sin los límites necesarios no podemos sobrevivir. Educar con amor y con respeto es poner límites. Con esto te quiero decir que me parece muy bien lo que estás haciendo al respecto de las pantallas. Negociarlas y poner un tiempo límite es lo más sano para su salud y tú, que eres su mamá, se los tiene que poner. Los límites siempre duelen, y por ello hay que saber o aprender a tratar el tema con afecto, pero rectitud. El amor no tiene por qué ser siempre blandito, el amor a veces es recto, es un límite que se pone para el bienestar, para no hacer responsable a un niño de las consecuencias de ciertas acciones, ya que un niño no tiene que llevar ese peso. Por eso les acompañamos. Ser libres y salvajes va de la mano de ponerles, siempre, límites. ¡Sino no serían libres, realmente! Hablad, dialogad, conversad, discutid y pon unos límites con amor y rectitud. Segura de hacer lo que sabes que es mejor, porque así lo sientes.

      Seguro que no es fácil, pero estoy segura de que aprenderéis muchísimo por el camino.

      Te mando un fuerte abrazo, y muchos ánimos,

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